(… o dicho de otro modo: todo lo que usted siempre quiso saber sobre estos Juegos, pero jamás se atrevió a preguntar):
¿De dónde se sacaron la bola? Es decir, aquella esfera inmensa que emergió del suelo durante la ceremonia inaugural, a modo de gigantesco globo terráqueo, con multitud de personas circunvalándola para simbolizar no sé qué… ¿de dónde salió? ¿Dónde la tenían guardada, dónde ocultaban el resto de cosas enormes que emergieron del centro de la tierra aquella noche? ¿Existirá una base sólida bajo el (presunto) césped del Nido, o estará todo hueco? ¿Habrán de tener cuidado los lanzadores de jabalina de no pinchar muy fuerte, no se les vaya a colar para abajo?
¿Alguien vio bajar a Li Ning tras encender la antorcha? ¿Se chamuscaría el pobre hombre con la llama aquella? ¿O le habrán dejado allí arriba mientras duren los Juegos, para que se encargue él de apagarla el domingo 24?
¿Acaso sabía usted antes de estos Juegos que la esgrima es el único deporte de origen español? Es más, ¿acaso sabía usted antes de estos Juegos algo acerca de la esgrima, por poco que fuera? Es más, ¿acaso sabía usted antes de estos Juegos que en nuestro país existiera la esgrima, que existieran esgrimistas incluso?
Ay no, perdón, esgrimistas no, que resulta que a los de esgrima se les llama tiradores. Pues vale, pero entonces ¿cómo llamamos a los del tiro al plato (por ejemplo)?
¿Y en qué momento los levantadores de peso dejaron de serlo para convertirse en halteras?
Y en aras de los principios de igualdad de género actualmente imperantes, ¿no debería llamarse halteras únicamente a las practicantes de este noble deporte? ¿No deberían los levantadores ser llamados halteros?
¿En qué momento los ucranianos se convirtieron en ucranios?
¿Y los de Estonia qué son, estonios o estones (mira, como los Rollings)?
“¿Éstos no tienen que ducharse antes de bañarse?” (ésta es de mi hijo, con cara de profunda sorpresa mientras presenciaba las pruebas de natación)
¿Veinticinco récords del mundo en nueve días? ¿Qué clase de agua utilizan en las piscinas chinas? ¿Será acaso agua ligera (Fontvella)?
¿Cómo se lo monta Phelps para ganar incluso aquellas pruebas que aparentemente no gana?
¿Cómo logran no ahogarse las nadadoras de sincronizada? ¿Y cómo logran seguir la música bajo el agua? (Sí, ya sé que son preguntas estúpidas, pero es que por más que lo pienso no deja de parecerme prodigioso)
¿Qué es el Madison? Si hace unos cuantos días usted hubiese salido a la calle a hacer esta pregunta, 99 de cada cien entrevistados le habrían contestado que no tenían ni la menor idea, y el otro (el listo) habría dicho “sí, hombre, la cancha ésa de Nueva York, donde juegan los Knicks…”. Pero hoy, orgullosos como estamos de la plata de Llaneras y Tauler en la prueba Americana de ciclismo en pista, claro está que ya todos sabemos perfectamente qué es el Madison, en qué consiste, cómo se disputa, cómo se puntúa, cómo se gana… ¿Verdad que sí?
¿Por qué algunas voces insinúan (pero no dicen) que en nuestra selección de baloncesto no es oro todo lo que reluce, que hay mar de fondo, que están pasando cosas, que cuando acaben los Juegos será el momento de comentar largo y tendido todo lo sucedido en la Villa Olímpica? ¿Acaso no fue todo tan idílico en 2006? ¿Acaso es todo tan problemático en 2008? ¿Por qué, si realmente pasa algo, no lo cuentan? Y si no pasa, ¿por qué no se callan? ¿O será más bien que hay algunos empeñados en ver fantasmas aunque no sepan dónde?
¿Por qué Pau (según cuenta Gigantes, y copio textualmente), ante China, si Pepiño Casal no le atrapa, enfilaba hacia los vestuarios sin acudir al ritual del centro de pista al término de los partidos?
¿Qué hace Nowitzki pensándose la retirada de su selección, precisamente ahora que les ha llegado Kaman? ¿Para esto me he nacionalizado yo, para esto he estado yo escarbando en mi árbol genealógico? (pensará el de los Clippers)
¿Qué hace Nowitzki pensándose la retirada de su selección en vez de emplear todas sus fuerzas en exigir a la FIBA que amplíe el (presunto) cupo de nacionalizados, que con uno por equipo se les queda muy corto, que así no van a ninguna parte?
¿A qué espera su Federación para contactar con Carlos Boozer (nacido casualmente en Alemania), o con Drew Gooden (de madre finlandesa, que alemana no es pero casi como si lo fuera), o con Kirk Hinrich (con ese apellido, algo de alemán tendrá), o con Walter Herrmann (y éste ya no digamos), o con Óscar Schmidt (otro que tal, y que a sus años aún lo haría mejor que Greene o Garrett, y que hasta se cascaría unos cuantos triples cada noche), o con Steve Nash (amigo íntimo de Dirk, y que además es canadiense, nació en Sudáfrica, se crió en Inglaterra y trabaja en Estados Unidos por lo que puede afirmarse con absoluta propiedad que es ciudadano del mundo, así que por qué no va a ser alemán también), o con…?
¿Acaso lo soñé, o acaso fue verdad que durante una retransmisión me pareció escuchar a Romay contando que se había encontrado con Óscar Schmidt, que habían estado hablando y que éste le había pedido que le mandara por Internet toda clase de vídeos de Chiquito de la Calzada, de quien se declaraba fan incondicional? Y es que a poco que te descuides se te rompen los mitos en pedazos… (Supongo que la estancia de Óscar en Valladolid debió coincidir en el tiempo con la eclosión mediática de dicho personaje, si bien lo digo más que nada por buscarle una explicación al fenómeno)
¿Por qué los árbitros de baloncesto pitan indistintamente partidos del torneo masculino y del femenino, y en cambio las árbitras sólo pitan partidos del torneo femenino? ¿No estamos ante un flagrante caso de discriminación por razón de sexo? ¿O será simplemente que la FIBA no se fía de ellas? Y en ese supuesto, ¿por qué las lleva? Y (siguiendo con el supuesto) si es así, si no se fía ¿entonces el hecho de que piten sólo partidos del torneo femenino significará acaso que la FIBA considera éste de menor importancia que el masculino? Y si así fuera ¿no estaría incurriendo entonces en otro flagrante caso de discriminación?
¿Por qué en baloncesto jamás se saben con antelación los horarios de cuartos de final? En una gran competición de fútbol (por ejemplo) siempre sabes de antemano que si quedas primero de grupo te tocará tal día a tal hora, y que si quedas segundo te tocará este otro día a esta otra hora... ¿Por qué en baloncesto no? (Es decir, ya sé por qué no: porque manda la pasta, mandan las televisiones que imponen sus horarios, la de USA en primer lugar, la del anfitrión tal vez en segundo lugar... Pero cuanto más conozco el porqué, aún más me sigo preguntando por qué...)
¿Qué clase de premonición tuvieron los padres del base angoleño (y futuro fuenlabreño, al parecer) Olimpio Cipriano para ponerle precisamente ese nombre y no otro? ¿Tanta premonición no acabaría por ser gafe, dado que apenas se ha estrenado en estos Juegos? ¿Acaso intentaban compensar con ese nombre su apellido, que en Angola será neutro pero aquí suena como a viejo cuplé (o lo que fuera aquello) de una tal Olga Ramos, que cantaba cosas como ay Cipriano, Cipriano, Cipriano, no bajes más la mano, no seas exagerao, si no bailas con más comedimiento, al primer movimiento te la has cargao... (o algo así)?
¿Para qué hacemos estadios de nueve calles si luego sólo utilizamos ocho? ¿Para qué sirve entonces la calle 9, sólo para poder dejar de utilizar la calle 1?
¿Por qué se toca la campana para indicar la última vuelta en las carreras de 800 metros, que tan sólo tienen dos vueltas? Vale, sí, en los 10.000 puede haber atletas que no sepan cuántas vueltas quedan, pero, ¿en los 800? ¿Acaso puede haber alguien que tras dar una sola vuelta se crea que ya ha acabado? ¿Acaso puede haber alguien que tras dar sólo una vuelta crea que aún le quedan unas cuantas más? ¿Acaso puede haber alguien que no recuerde qué prueba está corriendo?
¿Por qué en todas las competiciones de atletismo, cada vez que suena la campana para indicar la última vuelta, el realizador siempre nos muestra un primer plano de la campana? ¿Acaso para que comprobemos que se trata de un tilín tilín tolón tolón cien por cien natural, sin edulcorantes artificiales, sin artilugios tecnológicos de ninguna clase? ¿Acaso es más importante ver meneándose un badajo (con perdón) que ver los movimientos que se producen en carrera a tan sólo 400 metros de la llegada?
¿Es de verdad Usain Bolt? ¿Existe realmente o es un dibujo animado? ¿O se tratará acaso de un ente virtual, una creación de laboratorio, un personaje de videojuego?
¿Por qué, una vez tras otra, un año tras otro, competición internacional tras competición internacional, me veo en la tesitura de tener que explicar a todos los que me rodean quién es Marta Domínguez? ¿Por qué (fuera de círculos reducidos, es decir, fuera de aquellos a los que nos gusta esto) no la conoce ni dios? ¿Por qué seres humanos teóricamente aficionados al deporte (si bien básicamente aficionados al fútbol), que recuerdan perfectamente a Cacho, que recuerdan incluso a González y Abascal, que hasta conocen a Reyes Estévez (a Casado y a Higuero ya no, claro) y que hasta les suena Paquillo Fernández, te ponen una incomparable cara de estupor cuando les dices “sí, hombre, no te acuerdas, Marta Domínguez, la de la cinta rosa”? ¿Cómo es posible que la mejor atleta española de todos los tiempos, repleta de medallas y gestas en Europeos y Mundiales, persona carismática y telegénica a la par, sea sin embargo una perfecta desconocida (fuera de círculos reducidos, repito) en su propio país?
¿Por qué Marta Domínguez se nos pasó a los obstáculos si éstos, como su propio nombre indica, tan sólo sirven para obstaculizar?
Y por cierto: ¿qué fue de su cinta rosa? ¿Acaso pudo volver luego a recogerla, aún tambaleante y medio grogui como iba? ¿O acaso se quedó allí perdida para siempre bajo el obstáculo, a riesgo de que se la pisara cualquiera o aún peor, de que algún chino, con la mejor voluntad (los voluntarios es lo que tienen), la recogiera y la arrojara a la basura cual si de un desperdicio se tratara?
Si a una amazona danesa (un suponer) se le lesiona el caballo en mitad de la prueba de doma (por ejemplo), ¿puede ir a donde esté la amazona croata (otro suponer), supuestamente ya eliminada, y pedirle que le deje el suyo, que luego se lo devuelve? ¿y hasta podría incluso, ya puestos, proclamarse campeona olímpica con tan hermoso alazán, aún siendo éste extranjero y además prestado?
¿Por qué se quejaron Martínez y Fernández si saben perfectamente que Croacia aspira a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea, por lo que el préstamo de su barco fue simplemente un gesto de amistad para con sus hermanos daneses?
¿Por qué se quejaron Martínez y Fernández si saben perfectamente que llamándose así nadie jamás les hará el menor caso?
¿Por qué nos indignamos todos con lo de Martínez y Fernández si hasta hace unos días ni siquiera sabíamos que en vela existiera una clase 49er (léase forináiner), si lo de 49er tan sólo nos sonaba a equipo de fútbol americano de San Francisco (y eso en el mejor de los casos)?
¿Impugnará la Federación Española de Atletismo el oro e incluso el récord de Isinbayeva, tras descubrir que ésta al parecer se ayudó con un palo?
¿Por qué quedó cuarto el triatleta Javier Gómez Noya (vale, sí, háganme la rima) pudiendo quedar (por ejemplo) décimo, posición que le habría generado mucho menos sufrimiento?
¿Por qué quedó cuarto el triatleta Javier Gómez Noya (más rima) si los medios de comunicación nos habían dicho hasta la saciedad que sería oro seguro, con total y absoluta certeza? ¿Cómo se puede consentir tamaña indisciplina? ¿O es que acaso su estado físico va a resultar ahora más importante que lo que digan y piensen los medios? ¿O es que acaso va a resultar ahora que sus rivales también nadan, pedalean e incluso corren? ¿Y con qué derecho?
¿De qué nos sirvieron tantos años de Samaranch como Presidente del COI si ni siquiera fue capaz de conseguir que el naipe fuera deporte olímpico? Imaginemos: el mus, el tute, la brisca, el julepe, la pocha, el chinchón, el cinquillo, las sieteymedia, tantos otros... Partiríamos como favoritos al oro en todas las categorías (excepto tal vez en póker, de favoritismo claramente norteamericano si bien nosotros aún seríamos serios candidatos a la plata), nuestras posibilidades se dispararían, nuestra posición en el medallero subiría como la espuma...
Si una chica está sola en una playa porque empezó una conga y nadie le siguió (o porque contó un chiste y nadie se rió), ¿de qué le sirve que se le aparezcan dos o tres maromos que llevan la cara de Iván Campo tatuada sobre su pecho (o que van peinados a lo Colón, que para el caso viene a ser lo mismo)? ¿A qué clase de ser humano puede servirle de consuelo tamaña gilipollez?
jueves, 21 de agosto de 2008
viernes, 8 de agosto de 2008
OlimpicLand
Podría decirse con cierta propiedad que los Juegos Olímpicos son al deporte lo que Disney es a la vida (frase que tomo parcialmente prestada del insigne gomaespumero Juan Luis Cano, si bien él la utilizó para referirse a algo completamente diferente): un inmenso parque temático, abierto al mundo entero, que concentra en poco más de un par de semanas buena parte de las actividades deportivas que en el mundo son, todas ellas envueltas en un maravilloso barniz de bondad, limpieza, pulcritud, esfuerzo, sacrificio y abnegación sin par.
O sea, Disney (o Warner o quien se quiera, tampoco vayamos a discriminar; si bien me permitirá usted que continúe con el símil original, por ser éste más universalmente comprensible). Entras en una Disneylandia cualquiera, pongamos por ejemplo en la de París (más que nada porque es la que conozco), y de antemano quizá no puedas evitar cierta mueca de escepticismo, cierta actitud de ya ves tú, todo un mundo de fantasía e ilusión, hay que ver, vaya engaño, si todo es mentira... Así que de entrada vas de serio, de distante, de vaya rollo, esto no va conmigo... pero de repente algo sucede: de repente es todo tan puro y tan limpio, es toda la escenografía tan perfecta, y encima está esa musiquilla que a uno le envuelve por dondequiera que va (es lo que más recuerdo: fueras por donde fueras siempre escuchabas una música de fondo, siempre tenían la melodía adecuada para cada ocasión, hasta cuando ibas al servicio)... y entonces, incluso antes de que te des cuenta, resultará que eres ya uno de ellos, uno más imbuido de absurda e incomprensible alegría, uno de tantos poseídos por esa extraña magia del lugar, y de repente hasta te verás montando en atracciones en las que jamás pensaste que subirías, desde las más atrevidas a las más chorras, y hasta te irás pegando brincos de una a otra cual si estuvieses en plena regresión a la infancia, y hasta posarás con Mickey o Goofy a poco que te descuides... Claro, luego a la noche sales del recinto tras la cabalgata final (parade, lo llaman) y es entonces cuando la cruda realidad te da en los morros, cuando vuelve a hacer frío (o calor, según), tarda el autobús, tu visa echa humo, tu trabajo y tus problemas cotidianos ya amenazan acechantes tu inminente vuelta...
Y sí, algo muy parecido me sucede con los Juegos, por más que usted me ponga esa cara de qué tendrán que ver los higos con las brevas. De entrada no me creo, nadie en su sano juicio se cree todo este rollo maravilloso de la pureza del deporte, todo este magnífico envoltorio de los Juegos como vínculo de unión entre pueblos y culturas, toda esta parafernalia entre sentidos juramentos de limpieza y hermandad. Todo precioso cual si no existiera el mercantilismo, el dinero a espuertas, el dopaje y hasta las corruptelas que al otro lado la realidad cotidiana se empeña en recordarnos a cada rato. Y sin embargo...
Y sin embargo serán Disney, de nuevo. Y sin embargo entraré en los Juegos como cada cuatro años, entraré virtualmente desde mi sofá para ya no querer nunca jamás salir de allí. Entraré y los disfrutaré como si me importaran mucho más de lo que deberían importarme, los viviré con casi más pasión que casi cualquier otra cosa, soñaré y me emocionaré y brincaré y hasta correré y lanzaré como si fuera uno de ellos, como si en verdad formara parte de ello. Y cuando se acaben, cuando el domingo 24 de agosto me los quiten será como si me quitaran un trozo de mi vida, será la caída de bruces hacia una realidad que tan solo habré visitado tangencialmente durante las dos semanas anteriores.
Y sí, puede que exagere pero créame, sé lo que digo, hablo con el conocimiento de causa que me proporcionan unos cuantos Juegos Olímpicos ya a mis espaldas, todos ellos desde la distancia y la cercanía de mi televisor. Empezando por México 68 (que sí, que ya son años, no me ponga esa cara), mi primer recuerdo lejanísimo, absolutamente vago e inconcreto. Sólo se me vienen a la memoria grises imágenes en blanco y negro, tan solo esas imágenes sin ningún contenido. Podría tirarme el folio y decir que viví los 8,90 de Beamon, los históricos récords de 100 y 400 metros lisos y hasta el salto de Fosbury, pero sería mentira. Es decir, tal vez lo vi, tal vez dichas gestas y otras semejantes pasaran por delante de mí pero yo aún era demasiado pequeño para darme cuenta. Sólo con el paso de los años tuve conciencia de su existencia.
Luego fue Munich 72, aún yo un crío pero ya menos crío: un bigotudo norteamericano llamado Spitz inflándose a medallas, un terrible lío (nunca demasiado bien explicado) en la final de baloncesto, un lío inmensamente mayor en la villa olímpica, terrorismos y contraterrorismos aún peores que los propios terrorismos, unos Juegos que se detienen, que hasta se interrumpen un día completo... Nada de esto vi tampoco: me habían llevado de vacaciones (también es casualidad, porque en aquellos tiempos casi nunca íbamos de vacaciones), allí no había televisor, la radio (concretamente Radiogaceta de los Deportes, aquel legendario programa de aquella terrible Radio Nacional) fue mi única y lejana conexión con aquello que entonces aún llamábamos Olimpiada (habrían de pasar muchos años para que nos enteráramos de que esa denominación no era correcta, de que la Olimpiada no eran los Juegos sino todo lo contrario, el período de cuatro años que transcurre entre unos y otros Juegos).
Así que mis primeros Juegos verdaderos, conscientes y puramente televisivos fueron tal vez Montreal 76. Montreal 76 o sea Nadia Comaneci, o sea la perfección hecha gimnasia. Y luego fuimos a parar a los desangelados Juegos de Moscú 80, esos de los que los americanos (los de USA, concretamente) nos robaron con su ausencia una buena parte del pastel. No podías ver una prueba, un partido, cualquier cosa sin pensar no tanto en los que estaban sino en los que faltaban. Si hasta ganábamos medallas en natación con aquel ciudadano americano apellidado López-Zubero, que pocos días más tarde no tendría ningún reparo en reconocer que él se sentía estadounidense por los cuatro costados y que si mantenía la nacionalidad española era sólo para poder competir, dejando así sumida en el desconcierto a su estupefacta (aún más que de costumbre) entrevistadora Mari Carmen Izquierdo…
Cuatro años más tarde, Los Ángeles 84, los soviéticos en justa correspondencia devolvieron el boicot pero ya poco nos importó, quizá porque ya nos íbamos acostumbrando o quizá porque preferíamos creer que no nos importaba: fuimos inmensamente felices, noche tras noche trasnochando, perdiendo sueño para vivir un sueño, el de nuestra selección de nuestro deporte encaramada en el segundo escalón más alto del trono, tan solo un peldaño por debajo de aquellos imberbes y prometedores universitarios llamados Jordan, Ewing o Mullin… A ratos aún nos pellizcábamos, para confirmar que era cierto todo lo que estábamos viviendo.
Seúl 88. Seúl 88 fue, sobre todo, una mañana de sábado en la que me levanté a las cinco de la madrugada para vivir en directo dos acontecimientos irrepetibles, a saber: un España-Brasil de baloncesto que ganamos tras anotación de locura, cientoypico a cientoypico, enfrente un tal Óscar Schmidt batiendo un récord de anotación que aún hoy perdura; y una final de 100 metros lisos que iba a ser y fue la madre de todas las batallas, Ben Johnson versus Carl Lewis, la caraba... Dos acontecimientos históricos que al cabo de pocos días resultó que no habían servido para nada: nuestra buena primera fase baloncestera se nos quedó en agua de borrajas cuando Australia nos cosió a triples en el cruce de cuartos, y la apoteósica victoria de Ben Johnson se convirtió tras sólo unas horas en el dopaje más famoso de la historia de la humanidad.
Pero aquello era ya imparable, ya teníamos el virus olímpico inoculado en nuestras venas y entonces llegó Barcelona 92, los Juegos casi al lado de casa (o sea, a seiscientos kilómetros), esos Juegos a los que quise ir y no pude, probablemente dejando escapar la única oportunidad que tuve y tendré de vivir in situ algo así... De repente nos habíamos hecho mayores, de repente ya no parecíamos los africanos de Europa, de repente ganábamos medallas por doquier, ya no cero, dos o tres sino veintitantas, estabas viendo a Kiko y compañía ganar la final de fútbol, cambiabas de canal y te encontrabas a Fermín Cacho ganando el milqui, la de dios era aquello...
Barcelona 92 son un montón de recuerdos maravillosos, de mañanas en el trabajo pegados todos al transistor, de tardes en casa pegados todos al televisor, de noches con Matías Prats (Júnior) y Olga Viza resumiendo mano a mano la jornada, de madrugadas con el incomparable Trecet... De infinidad de recuerdos felices, también de algún recuerdo amargo (como aquel angolazo que por más tiempo que pase jamás dejará de escocernos)... e incluso de momentos chorras como el de aquella tarde del salto con pértiga, en casa está mi sobrina (aún niña en aquellos tiempos) que mira al televisor, ve a un atleta y (sin tener ni idea, lógicamente) exclama “ese falla, seguro”, y yo que también miro y le respondo “¿ese? ese lo va a saltar con la gorra, ya lo verás...” Ese era Sergei Bubka, por aquel entonces en la cumbre de su carrera. Pero que va y derriba el listón, y pocos minutos más tarde lo tira de nuevo, y luego otra vez y de repente resulta que está eliminado, y todo ello ante el regocijo y la hilaridad de mi querida sobrina... Aquella tarde, en mi casa, Bubka se convirtió ya para siempre en El de la Gorra. Aún hoy me lo recuerdan, incluso cuando aparece de traje y corbata en algún palco, o para entregar las medallas de alguna gran competición...
Fue tanta la efervescencia en el 92 que luego Atlanta 96 nos dejó un poco fríos, quizá por pura comparación o quizá porque realmente fueron los Juegos más sosos de la historia reciente. Al menos siempre nos quedará el recuerdo de aquel Michael Johnson volando sobre el tartán, sus zapatillas doradas y su zancada minúscula... Y Sydney 2000 y Atenas 2004 aún frescos en nuestras memorias, qué les voy a contar que ustedes no sepan...
O también podríamos contarlo todo de otra manera, también podríamos agarrarnos a nuestro deporte (que para eso estamos aquí, se supone) y hablar, qué sé yo, de Belov (cualquiera de ambos) 72, Meneghin 80, Jordan 84 (o si así se prefiere, por la parte que nos toca, Corbalán 84), Sabonis 88, Dream Team 92 (imposible particularizarlo en sólo uno de ellos), Jasikevicius 2000 (sí, a pesar de haber fallado aquel tiro que pudo cambiar la historia; o quizá precisamente por fallarlo), Ginóbili 2004... No, no me tienten, no me pidan que me lance al vacío y escriba ya el nombre del 2008. Por lo que pueda pasar.
2008. Pekín (o Beijing, como ustedes gusten). Mi particular parque temático cuatrienal, mi Olimpic Park u OlimpicLand u Olimpolandia o como demonios queramos llamarlo. Mi mundo, durante estos próximos dieciséis días. También el mundo de tantos otros, fieles o agnósticos, creyentes o descreídos, incluso el de todos aquellos que hoy reniegan de todo esto, incluso el de aquellos que confunden deporte con fútbol y sólo fútbol, y que aunque hoy no lo crean también acabarán pasando por el aro. Un mundo que el 24 de agosto cerrará sus puertas para siempre jamás... para abrirse de nuevo una olimpiada más tarde, ya de otra forma, ya con otro nombre y otro número: entonces hablaremos de Londres 2012, más tarde de (me temo) Chicago 2016, más allá quién sabe...
Pero no nos vayamos tan lejos. Hoy es hoy, 8 del 8 del 08, el día en que una simple antorcha encenderá nuestros sueños y nos introducirá, al más puro estilo Disney, en un mundo de fantasía e ilusión. Hágame caso, métase hasta el cuezo (sea esto lo que sea), déjese llevar y no preste atención a todos aquellos que intenten romper la magia desde el otro lado del espejo. Que más tarde ya tendrá usted tiempo de despertarse, de recordar que la vida no es bella, que Papá Noel no existe y los Reyes son los padres, pero eso, más tarde, mucho más tarde... Ahora no. Ahora y en los próximos días limítese a soñar, y no permita que nada ni nadie interrumpa su sueño.
(Y sí, ya sé que este tocho no me ha salido muy baloncestero que digamos, y que ésta sigue siendo una web de baloncesto... Disculpen ustedes las molestias, perdonen las disculpas; procuraré que no vuelva a pasar...)
O sea, Disney (o Warner o quien se quiera, tampoco vayamos a discriminar; si bien me permitirá usted que continúe con el símil original, por ser éste más universalmente comprensible). Entras en una Disneylandia cualquiera, pongamos por ejemplo en la de París (más que nada porque es la que conozco), y de antemano quizá no puedas evitar cierta mueca de escepticismo, cierta actitud de ya ves tú, todo un mundo de fantasía e ilusión, hay que ver, vaya engaño, si todo es mentira... Así que de entrada vas de serio, de distante, de vaya rollo, esto no va conmigo... pero de repente algo sucede: de repente es todo tan puro y tan limpio, es toda la escenografía tan perfecta, y encima está esa musiquilla que a uno le envuelve por dondequiera que va (es lo que más recuerdo: fueras por donde fueras siempre escuchabas una música de fondo, siempre tenían la melodía adecuada para cada ocasión, hasta cuando ibas al servicio)... y entonces, incluso antes de que te des cuenta, resultará que eres ya uno de ellos, uno más imbuido de absurda e incomprensible alegría, uno de tantos poseídos por esa extraña magia del lugar, y de repente hasta te verás montando en atracciones en las que jamás pensaste que subirías, desde las más atrevidas a las más chorras, y hasta te irás pegando brincos de una a otra cual si estuvieses en plena regresión a la infancia, y hasta posarás con Mickey o Goofy a poco que te descuides... Claro, luego a la noche sales del recinto tras la cabalgata final (parade, lo llaman) y es entonces cuando la cruda realidad te da en los morros, cuando vuelve a hacer frío (o calor, según), tarda el autobús, tu visa echa humo, tu trabajo y tus problemas cotidianos ya amenazan acechantes tu inminente vuelta...
Y sí, algo muy parecido me sucede con los Juegos, por más que usted me ponga esa cara de qué tendrán que ver los higos con las brevas. De entrada no me creo, nadie en su sano juicio se cree todo este rollo maravilloso de la pureza del deporte, todo este magnífico envoltorio de los Juegos como vínculo de unión entre pueblos y culturas, toda esta parafernalia entre sentidos juramentos de limpieza y hermandad. Todo precioso cual si no existiera el mercantilismo, el dinero a espuertas, el dopaje y hasta las corruptelas que al otro lado la realidad cotidiana se empeña en recordarnos a cada rato. Y sin embargo...
Y sin embargo serán Disney, de nuevo. Y sin embargo entraré en los Juegos como cada cuatro años, entraré virtualmente desde mi sofá para ya no querer nunca jamás salir de allí. Entraré y los disfrutaré como si me importaran mucho más de lo que deberían importarme, los viviré con casi más pasión que casi cualquier otra cosa, soñaré y me emocionaré y brincaré y hasta correré y lanzaré como si fuera uno de ellos, como si en verdad formara parte de ello. Y cuando se acaben, cuando el domingo 24 de agosto me los quiten será como si me quitaran un trozo de mi vida, será la caída de bruces hacia una realidad que tan solo habré visitado tangencialmente durante las dos semanas anteriores.
Y sí, puede que exagere pero créame, sé lo que digo, hablo con el conocimiento de causa que me proporcionan unos cuantos Juegos Olímpicos ya a mis espaldas, todos ellos desde la distancia y la cercanía de mi televisor. Empezando por México 68 (que sí, que ya son años, no me ponga esa cara), mi primer recuerdo lejanísimo, absolutamente vago e inconcreto. Sólo se me vienen a la memoria grises imágenes en blanco y negro, tan solo esas imágenes sin ningún contenido. Podría tirarme el folio y decir que viví los 8,90 de Beamon, los históricos récords de 100 y 400 metros lisos y hasta el salto de Fosbury, pero sería mentira. Es decir, tal vez lo vi, tal vez dichas gestas y otras semejantes pasaran por delante de mí pero yo aún era demasiado pequeño para darme cuenta. Sólo con el paso de los años tuve conciencia de su existencia.
Luego fue Munich 72, aún yo un crío pero ya menos crío: un bigotudo norteamericano llamado Spitz inflándose a medallas, un terrible lío (nunca demasiado bien explicado) en la final de baloncesto, un lío inmensamente mayor en la villa olímpica, terrorismos y contraterrorismos aún peores que los propios terrorismos, unos Juegos que se detienen, que hasta se interrumpen un día completo... Nada de esto vi tampoco: me habían llevado de vacaciones (también es casualidad, porque en aquellos tiempos casi nunca íbamos de vacaciones), allí no había televisor, la radio (concretamente Radiogaceta de los Deportes, aquel legendario programa de aquella terrible Radio Nacional) fue mi única y lejana conexión con aquello que entonces aún llamábamos Olimpiada (habrían de pasar muchos años para que nos enteráramos de que esa denominación no era correcta, de que la Olimpiada no eran los Juegos sino todo lo contrario, el período de cuatro años que transcurre entre unos y otros Juegos).
Así que mis primeros Juegos verdaderos, conscientes y puramente televisivos fueron tal vez Montreal 76. Montreal 76 o sea Nadia Comaneci, o sea la perfección hecha gimnasia. Y luego fuimos a parar a los desangelados Juegos de Moscú 80, esos de los que los americanos (los de USA, concretamente) nos robaron con su ausencia una buena parte del pastel. No podías ver una prueba, un partido, cualquier cosa sin pensar no tanto en los que estaban sino en los que faltaban. Si hasta ganábamos medallas en natación con aquel ciudadano americano apellidado López-Zubero, que pocos días más tarde no tendría ningún reparo en reconocer que él se sentía estadounidense por los cuatro costados y que si mantenía la nacionalidad española era sólo para poder competir, dejando así sumida en el desconcierto a su estupefacta (aún más que de costumbre) entrevistadora Mari Carmen Izquierdo…
Cuatro años más tarde, Los Ángeles 84, los soviéticos en justa correspondencia devolvieron el boicot pero ya poco nos importó, quizá porque ya nos íbamos acostumbrando o quizá porque preferíamos creer que no nos importaba: fuimos inmensamente felices, noche tras noche trasnochando, perdiendo sueño para vivir un sueño, el de nuestra selección de nuestro deporte encaramada en el segundo escalón más alto del trono, tan solo un peldaño por debajo de aquellos imberbes y prometedores universitarios llamados Jordan, Ewing o Mullin… A ratos aún nos pellizcábamos, para confirmar que era cierto todo lo que estábamos viviendo.
Seúl 88. Seúl 88 fue, sobre todo, una mañana de sábado en la que me levanté a las cinco de la madrugada para vivir en directo dos acontecimientos irrepetibles, a saber: un España-Brasil de baloncesto que ganamos tras anotación de locura, cientoypico a cientoypico, enfrente un tal Óscar Schmidt batiendo un récord de anotación que aún hoy perdura; y una final de 100 metros lisos que iba a ser y fue la madre de todas las batallas, Ben Johnson versus Carl Lewis, la caraba... Dos acontecimientos históricos que al cabo de pocos días resultó que no habían servido para nada: nuestra buena primera fase baloncestera se nos quedó en agua de borrajas cuando Australia nos cosió a triples en el cruce de cuartos, y la apoteósica victoria de Ben Johnson se convirtió tras sólo unas horas en el dopaje más famoso de la historia de la humanidad.
Pero aquello era ya imparable, ya teníamos el virus olímpico inoculado en nuestras venas y entonces llegó Barcelona 92, los Juegos casi al lado de casa (o sea, a seiscientos kilómetros), esos Juegos a los que quise ir y no pude, probablemente dejando escapar la única oportunidad que tuve y tendré de vivir in situ algo así... De repente nos habíamos hecho mayores, de repente ya no parecíamos los africanos de Europa, de repente ganábamos medallas por doquier, ya no cero, dos o tres sino veintitantas, estabas viendo a Kiko y compañía ganar la final de fútbol, cambiabas de canal y te encontrabas a Fermín Cacho ganando el milqui, la de dios era aquello...
Barcelona 92 son un montón de recuerdos maravillosos, de mañanas en el trabajo pegados todos al transistor, de tardes en casa pegados todos al televisor, de noches con Matías Prats (Júnior) y Olga Viza resumiendo mano a mano la jornada, de madrugadas con el incomparable Trecet... De infinidad de recuerdos felices, también de algún recuerdo amargo (como aquel angolazo que por más tiempo que pase jamás dejará de escocernos)... e incluso de momentos chorras como el de aquella tarde del salto con pértiga, en casa está mi sobrina (aún niña en aquellos tiempos) que mira al televisor, ve a un atleta y (sin tener ni idea, lógicamente) exclama “ese falla, seguro”, y yo que también miro y le respondo “¿ese? ese lo va a saltar con la gorra, ya lo verás...” Ese era Sergei Bubka, por aquel entonces en la cumbre de su carrera. Pero que va y derriba el listón, y pocos minutos más tarde lo tira de nuevo, y luego otra vez y de repente resulta que está eliminado, y todo ello ante el regocijo y la hilaridad de mi querida sobrina... Aquella tarde, en mi casa, Bubka se convirtió ya para siempre en El de la Gorra. Aún hoy me lo recuerdan, incluso cuando aparece de traje y corbata en algún palco, o para entregar las medallas de alguna gran competición...
Fue tanta la efervescencia en el 92 que luego Atlanta 96 nos dejó un poco fríos, quizá por pura comparación o quizá porque realmente fueron los Juegos más sosos de la historia reciente. Al menos siempre nos quedará el recuerdo de aquel Michael Johnson volando sobre el tartán, sus zapatillas doradas y su zancada minúscula... Y Sydney 2000 y Atenas 2004 aún frescos en nuestras memorias, qué les voy a contar que ustedes no sepan...
O también podríamos contarlo todo de otra manera, también podríamos agarrarnos a nuestro deporte (que para eso estamos aquí, se supone) y hablar, qué sé yo, de Belov (cualquiera de ambos) 72, Meneghin 80, Jordan 84 (o si así se prefiere, por la parte que nos toca, Corbalán 84), Sabonis 88, Dream Team 92 (imposible particularizarlo en sólo uno de ellos), Jasikevicius 2000 (sí, a pesar de haber fallado aquel tiro que pudo cambiar la historia; o quizá precisamente por fallarlo), Ginóbili 2004... No, no me tienten, no me pidan que me lance al vacío y escriba ya el nombre del 2008. Por lo que pueda pasar.
2008. Pekín (o Beijing, como ustedes gusten). Mi particular parque temático cuatrienal, mi Olimpic Park u OlimpicLand u Olimpolandia o como demonios queramos llamarlo. Mi mundo, durante estos próximos dieciséis días. También el mundo de tantos otros, fieles o agnósticos, creyentes o descreídos, incluso el de todos aquellos que hoy reniegan de todo esto, incluso el de aquellos que confunden deporte con fútbol y sólo fútbol, y que aunque hoy no lo crean también acabarán pasando por el aro. Un mundo que el 24 de agosto cerrará sus puertas para siempre jamás... para abrirse de nuevo una olimpiada más tarde, ya de otra forma, ya con otro nombre y otro número: entonces hablaremos de Londres 2012, más tarde de (me temo) Chicago 2016, más allá quién sabe...
Pero no nos vayamos tan lejos. Hoy es hoy, 8 del 8 del 08, el día en que una simple antorcha encenderá nuestros sueños y nos introducirá, al más puro estilo Disney, en un mundo de fantasía e ilusión. Hágame caso, métase hasta el cuezo (sea esto lo que sea), déjese llevar y no preste atención a todos aquellos que intenten romper la magia desde el otro lado del espejo. Que más tarde ya tendrá usted tiempo de despertarse, de recordar que la vida no es bella, que Papá Noel no existe y los Reyes son los padres, pero eso, más tarde, mucho más tarde... Ahora no. Ahora y en los próximos días limítese a soñar, y no permita que nada ni nadie interrumpa su sueño.
(Y sí, ya sé que este tocho no me ha salido muy baloncestero que digamos, y que ésta sigue siendo una web de baloncesto... Disculpen ustedes las molestias, perdonen las disculpas; procuraré que no vuelva a pasar...)
jueves, 31 de julio de 2008
once días
A este paso voy a acabar pareciendo el tocapelotas no oficial de la FEB y de su maravilloso programa de festejos, también llamado encuentros de preparación para los Juegos, también llamado Gira Eñemanía 2008, también llamado Circo. Voy a acabar pareciéndolo y no me gustaría, la verdad. No me gustaría porque creo sinceramente que tenemos la mejor selección posible, dirigida por el mejor seleccionador posible (el cómo haya llegado al cargo, y –sobre todo- el cómo haya salido el anterior, ya es otra cuestión). Creo que llegamos a Pekín con legítimas opciones de hacer un gran papel, con fundadas esperanzas de medalla. Y que incluso el oro, aún siendo improbable (tiempo hacía que USA no tenía tan buena pinta), no resulta en absoluto imposible.
¿Y entonces? Pues quizá sea precisamente por eso, por esa sensación que tengo de que estamos ante una oportunidad histórica, por lo que me aflora a cada momento este papel de pejiguera, de tiquismiquis, (vaya dos palabros), de pepito grillo incluso. De tocapelotas, en suma. No soy quién para decir lo que está bien y lo que está mal, sólo faltaría, ese papel queda para los iluminados habituales. Yo sólo digo lo que me gusta y lo que no me gusta. Y siendo muchas, muchísimas más las cosas que me gustan, quizás por ello cobren más peso esas pocas cosas que no me agradan nada.
Y no, no teman, no voy a calentarles otra vez la cabeza (por más que el cuerpo me lo pida) con el hecho de que todos nuestros partidos de preparación sean en casa, con nuestro horario, nuestro público, nuestros árbitros, nuestras animadoras, nuestro Suso, nuestro circo (Chapu dixit). Ni siquiera insistiré en la dudosa elección de alguno de nuestros rivales (caso de Hungría), ni en el hecho de que algún rival supuestamente bien escogido se dejara por el camino a alguno de sus mejores jugadores (caso de Letonia). Ni mencionaré apenas la discutible elección de algún pabellón poco acostumbrado a estar lleno, a la condensación que se forma con tantos miles de espectadores respirando todos a la vez (caso de Castellón, a ratos convertido en pista de patinaje: menos mal que no se rompió nadie). No abundaré en ninguno de estos pequeños detalles, incluso me felicitaré de tener una Federación tan previsora que hasta ensayó la posibilidad de un apagón, que es que hay que tenerlo todo previsto, sí señor, no vaya a ser que en Pekín se vaya la luz cualquier tarde (los monzones, ya se sabe), no vayamos a dejar ningún elemento al azar...
Pero permítanme que al menos les exprese una última duda: España jugó su último encuentro de preparación el miércoles 30 de julio. Y España debutará en Pekín el domingo 10 de agosto. Es decir, que, si no he hecho mal las cuentas, la distancia entre uno y otro va a ser exactamente de once días, ni uno más ni uno menos. Once (11) largos días, todos y cada uno de ellos con su correspondiente noche. ¿Hemos estado jugando encuentros amistosos día sí día no, hasta un total de siete partidos en días alternos (lo cual está razonablemente bien, ya que ésa será exactamente la misma cadencia de encuentros que tendrán en los Juegos), y sin embargo a partir de ahora nuestros internacionales se van a pasar más de semana y media sin hacer otra cosa que no sea entrenar, así un día tras otro hasta que se nos aparezcan los temibles griegos?
Claro, sí, todo tiene sus ventajas, se me dirá que así las criaturas ya no se nos lesionan (salvo desgracia en algún entrenamiento), que de esta manera se reducen drásticamente las probabilidades de pisar el pie de un rival, recibir un codazo en la boca o resbalar por la humedad del parquet. Inobjetable argumento, ciertamente, que aún sería más fácil de compartir si el resto de selecciones también lo compartieran. Porque resulta que en este periodo, mientras los nuestros sólo entrenen, los demás van a estar jugando, mire usted. No tengo ni tiempo ni paciencia para buscar los calendarios del resto de equipos pero sí recurriré al más conocido, el de Estados Unidos: debutaron el día 25 de julio contra Canadá y luego ya se fueron para Oriente, ya ves tú, sin hacer gira Yanquimanía 2008 ni Enebeamanía 2008 ni Dreamteammanía 2008 ni nada parecido sino más bien al contrario, ya ves tú: sacando a pasear a sus ídolos por esos mundos de dios (o de buda); el 31 de julio contra Turquía, y los días 1, 3 y 5 de agosto contra Lituania, Rusia y Australia. Y no en Alabama ni en Wisconsin, sino en Macao y Shangai. Es decir, Estados Unidos habrá disputado cuatro de sus cinco partidos de preparación después de que España ya haya finalizado el último de los suyos.
Eso USA, y por extensión también rusos, lituanos y australianos, cuyos calendarios no nos hace falta consultar porque ya vemos que también andarán ocupados en esas fechas. Y así casi todos, me temo. Pero vamos a ver, ¿cómo pueden ser todos ellos tan inconscientes, es que acaso no saben el inmenso riesgo que corren de que alguna de sus criaturillas se les lesione? ¿O será simplemente que asumen ese riesgo, que lo aceptan como parte inexorable del juego, como el precio que acaso haya que pagar (o no) a cambio de una buena preparación, de saltar a la cancha el próximo 10 de agosto en un perfecto estado de forma? Spain is different, one more time...
Sí, ya lo sé, me dirán (un suponer) que los nuestros tienen que adaptarse al cambio horario, al jet lag y todas esas cosas y que por ello, tras dos días de merecido descanso, el domingo día 3 partirán raudos hacia Shangai, para ir aclimatándose... Es decir, exactamente igual que todos los demás equipos (excepto China, supongo)... con la sutil diferencia de que casi todos ellos se aclimatarán jugando mientras que nosotros lo haremos entrenando, y de paso mirando cómo juegan los demás. Sí, claro, pero es que nosotros los partidos de preparación los tenemos que jugar todos aquí, ya sabe, la Eñemanía y todas esas cosas, que es que si jugamos en China no hacemos caja, mire usted... Y sí, ya lo sé, vuelta la burra al trigo...
Añádase además otro elemento, cuando menos, inquietante: dos de nuestros tres primeros rivales en Pekín van a ser Grecia y Alemania, equipos temibles ya de suyo pero que en este caso cuentan además con un ingrediente adicional: vienen del Preolímpico, es decir que vienen de disputar competición oficial, es decir que vienen de jugársela, es decir que llegarán como motos. Y enfrente nosotros, que tendremos el placer de saludar a Papaloukas, Diamantidis y hasta al ex gordo Schortsianitis el domingo 10 de agosto, once días después de la pachanga letona, trece días después de la (aún más) pachanga húngara, exactamente quince días (o sea, más de dos semanas) después del que habrá sido nuestro último amistoso realmente serio (Argentina, en Ourense).
Qué razón tiene Nocioni con lo del circo. Razones tiene para estar frustrado y cabreado, aún más siendo un ganador nato como es él... y sin embargo, en su legítima amargura debería haber, aunque él no lo sepa ni quiera saberlo, un puntito de felicidad: porque es muy probable que sus partidos de preparación en España, aún habiéndolos perdido, a la larga les resulten más útiles que a nosotros los nuestros, aún habiéndolos ganado. Que sí, que aprender a conducir por la autopista está muy bien y es muy cómodo, pero si luego resulta que vas a tener que llevar el coche por calles estrechas de ciudad o por sinuosas carreteras de montaña, pues como que tan placentero aprendizaje no te habrá servido de mucho, la verdad...
Tenemos un equipazo, tenemos razones más que sobradas para la ilusión, y por eso incluso a mí mismo me chirrían todas estas pegas que probablemente no son más que eso, ñoñerías de un aficionado cascarrabias (y tocapelotas, of course) que se empeña en ver fantasmas donde no los hay. Y sé que la perfección no existe, sé que nunca llueve a gusto de todos, sé que todas estas cosas para mí tan importantes serán para tantos otros meras nimiedades sin ningún sentido. Creo o quiero creer que el domingo 24 de agosto la realidad habrá puesto las cosas en su sitio, habrá establecido sus prioridades, habrá situado lo verdaderamente importante por encima de todos estos rollos secundarios. Que para entonces ya ni me acordaré de lo escrito, que acaso lo recordaré tan sólo para pensar la ridiculez que hice al escribirlo. Que me sentiré inmensamente feliz recordando cuan equivocado estuve... Ojalá.
¿Y entonces? Pues quizá sea precisamente por eso, por esa sensación que tengo de que estamos ante una oportunidad histórica, por lo que me aflora a cada momento este papel de pejiguera, de tiquismiquis, (vaya dos palabros), de pepito grillo incluso. De tocapelotas, en suma. No soy quién para decir lo que está bien y lo que está mal, sólo faltaría, ese papel queda para los iluminados habituales. Yo sólo digo lo que me gusta y lo que no me gusta. Y siendo muchas, muchísimas más las cosas que me gustan, quizás por ello cobren más peso esas pocas cosas que no me agradan nada.
Y no, no teman, no voy a calentarles otra vez la cabeza (por más que el cuerpo me lo pida) con el hecho de que todos nuestros partidos de preparación sean en casa, con nuestro horario, nuestro público, nuestros árbitros, nuestras animadoras, nuestro Suso, nuestro circo (Chapu dixit). Ni siquiera insistiré en la dudosa elección de alguno de nuestros rivales (caso de Hungría), ni en el hecho de que algún rival supuestamente bien escogido se dejara por el camino a alguno de sus mejores jugadores (caso de Letonia). Ni mencionaré apenas la discutible elección de algún pabellón poco acostumbrado a estar lleno, a la condensación que se forma con tantos miles de espectadores respirando todos a la vez (caso de Castellón, a ratos convertido en pista de patinaje: menos mal que no se rompió nadie). No abundaré en ninguno de estos pequeños detalles, incluso me felicitaré de tener una Federación tan previsora que hasta ensayó la posibilidad de un apagón, que es que hay que tenerlo todo previsto, sí señor, no vaya a ser que en Pekín se vaya la luz cualquier tarde (los monzones, ya se sabe), no vayamos a dejar ningún elemento al azar...
Pero permítanme que al menos les exprese una última duda: España jugó su último encuentro de preparación el miércoles 30 de julio. Y España debutará en Pekín el domingo 10 de agosto. Es decir, que, si no he hecho mal las cuentas, la distancia entre uno y otro va a ser exactamente de once días, ni uno más ni uno menos. Once (11) largos días, todos y cada uno de ellos con su correspondiente noche. ¿Hemos estado jugando encuentros amistosos día sí día no, hasta un total de siete partidos en días alternos (lo cual está razonablemente bien, ya que ésa será exactamente la misma cadencia de encuentros que tendrán en los Juegos), y sin embargo a partir de ahora nuestros internacionales se van a pasar más de semana y media sin hacer otra cosa que no sea entrenar, así un día tras otro hasta que se nos aparezcan los temibles griegos?
Claro, sí, todo tiene sus ventajas, se me dirá que así las criaturas ya no se nos lesionan (salvo desgracia en algún entrenamiento), que de esta manera se reducen drásticamente las probabilidades de pisar el pie de un rival, recibir un codazo en la boca o resbalar por la humedad del parquet. Inobjetable argumento, ciertamente, que aún sería más fácil de compartir si el resto de selecciones también lo compartieran. Porque resulta que en este periodo, mientras los nuestros sólo entrenen, los demás van a estar jugando, mire usted. No tengo ni tiempo ni paciencia para buscar los calendarios del resto de equipos pero sí recurriré al más conocido, el de Estados Unidos: debutaron el día 25 de julio contra Canadá y luego ya se fueron para Oriente, ya ves tú, sin hacer gira Yanquimanía 2008 ni Enebeamanía 2008 ni Dreamteammanía 2008 ni nada parecido sino más bien al contrario, ya ves tú: sacando a pasear a sus ídolos por esos mundos de dios (o de buda); el 31 de julio contra Turquía, y los días 1, 3 y 5 de agosto contra Lituania, Rusia y Australia. Y no en Alabama ni en Wisconsin, sino en Macao y Shangai. Es decir, Estados Unidos habrá disputado cuatro de sus cinco partidos de preparación después de que España ya haya finalizado el último de los suyos.
Eso USA, y por extensión también rusos, lituanos y australianos, cuyos calendarios no nos hace falta consultar porque ya vemos que también andarán ocupados en esas fechas. Y así casi todos, me temo. Pero vamos a ver, ¿cómo pueden ser todos ellos tan inconscientes, es que acaso no saben el inmenso riesgo que corren de que alguna de sus criaturillas se les lesione? ¿O será simplemente que asumen ese riesgo, que lo aceptan como parte inexorable del juego, como el precio que acaso haya que pagar (o no) a cambio de una buena preparación, de saltar a la cancha el próximo 10 de agosto en un perfecto estado de forma? Spain is different, one more time...
Sí, ya lo sé, me dirán (un suponer) que los nuestros tienen que adaptarse al cambio horario, al jet lag y todas esas cosas y que por ello, tras dos días de merecido descanso, el domingo día 3 partirán raudos hacia Shangai, para ir aclimatándose... Es decir, exactamente igual que todos los demás equipos (excepto China, supongo)... con la sutil diferencia de que casi todos ellos se aclimatarán jugando mientras que nosotros lo haremos entrenando, y de paso mirando cómo juegan los demás. Sí, claro, pero es que nosotros los partidos de preparación los tenemos que jugar todos aquí, ya sabe, la Eñemanía y todas esas cosas, que es que si jugamos en China no hacemos caja, mire usted... Y sí, ya lo sé, vuelta la burra al trigo...
Añádase además otro elemento, cuando menos, inquietante: dos de nuestros tres primeros rivales en Pekín van a ser Grecia y Alemania, equipos temibles ya de suyo pero que en este caso cuentan además con un ingrediente adicional: vienen del Preolímpico, es decir que vienen de disputar competición oficial, es decir que vienen de jugársela, es decir que llegarán como motos. Y enfrente nosotros, que tendremos el placer de saludar a Papaloukas, Diamantidis y hasta al ex gordo Schortsianitis el domingo 10 de agosto, once días después de la pachanga letona, trece días después de la (aún más) pachanga húngara, exactamente quince días (o sea, más de dos semanas) después del que habrá sido nuestro último amistoso realmente serio (Argentina, en Ourense).
Qué razón tiene Nocioni con lo del circo. Razones tiene para estar frustrado y cabreado, aún más siendo un ganador nato como es él... y sin embargo, en su legítima amargura debería haber, aunque él no lo sepa ni quiera saberlo, un puntito de felicidad: porque es muy probable que sus partidos de preparación en España, aún habiéndolos perdido, a la larga les resulten más útiles que a nosotros los nuestros, aún habiéndolos ganado. Que sí, que aprender a conducir por la autopista está muy bien y es muy cómodo, pero si luego resulta que vas a tener que llevar el coche por calles estrechas de ciudad o por sinuosas carreteras de montaña, pues como que tan placentero aprendizaje no te habrá servido de mucho, la verdad...
Tenemos un equipazo, tenemos razones más que sobradas para la ilusión, y por eso incluso a mí mismo me chirrían todas estas pegas que probablemente no son más que eso, ñoñerías de un aficionado cascarrabias (y tocapelotas, of course) que se empeña en ver fantasmas donde no los hay. Y sé que la perfección no existe, sé que nunca llueve a gusto de todos, sé que todas estas cosas para mí tan importantes serán para tantos otros meras nimiedades sin ningún sentido. Creo o quiero creer que el domingo 24 de agosto la realidad habrá puesto las cosas en su sitio, habrá establecido sus prioridades, habrá situado lo verdaderamente importante por encima de todos estos rollos secundarios. Que para entonces ya ni me acordaré de lo escrito, que acaso lo recordaré tan sólo para pensar la ridiculez que hice al escribirlo. Que me sentiré inmensamente feliz recordando cuan equivocado estuve... Ojalá.
jueves, 10 de julio de 2008
cuento chino
Élase una vez una franquicia NBA llamada Bucks, cuya anodina existencia discurría plácidamente en una ciudad norteamericana de honda raigambre alemana y no menos honda tradición cervecera llamada Milwaukee. Allí, a comienzos del verano de 2007, sus máximos rectores se disponían como cada año a la ardua tarea de hacer uso de su elección de primera ronda del draft, en este caso ubicada en la posición número seis, con la lógica finalidad de escoger para su magna organización al mejor jugador disponible en dicha posición...
Y así, tras el pormenorizado estudio de todas las diferentes posibilidades que se les ofrecían, optaron por escoger a un tipo feucho, paliducho, larguirucho, de rasgados ojos y desgarbado cuerpo, que resultaba ser una especie de alero con cuerpo de tres, maneras de cuatro y talla de cinco, y que resultaba responder al bello a la par que proceloso nombre de Yi JianLian.
Claro está que, con ese nombre y esa cara, el tipo no dejaba lugar a posibles equivocaciones: era chino, sin duda. Una cualidad que en Milwaukee no les había pasado desapercibida (generalmente no se les escapan estos pequeños detalles), que ya habían sopesado, que ni les pilló de nuevas ni les supuso ningún tipo de sorpresa. Pero lo que sí les iba a suponer una gran sorpresa sería todo lo que habría de suceder a continuación, que fue que Yi JianLian les dijo ceremoniosamente que sí, que vale, que ha sido un placel, que muchas glacias pol su atención pelo que allí en Milwaukee yo no voy a jugal ni muelto, mile usted... ¿Por qué? Pues hombre de dios (o de Buda, o de quien quiera que usted sea), está clarísimo: que es que allí no hay chinos, que es que por no haber casi no hay ni taiwaneses siquiera...
Aquí, cortos de miras como somos, el tema nos pudo parecer una frivolidad. Rápidamente establecíamos comparaciones, nos imaginábamos a Gasol (a cualquier Gasol) llegando a Memphis y diciendo, no, mire usted, que yo no voy a jugar en esta ciudad porque apenas hay españoles, qué digo españoles, es que no hay ni catalanes, qué digo catalanes, es que santboianos no hay ni uno tan siquiera...
Sí, desde nuestro punto de vista nos puede parecer absurdo, pero miremos más allá de nuestras narices y pongámonos en su lugar: un chino, por el mero hecho de serlo, está acostumbrado a vivir rodeado, qué digo rodeado, arropado por mil cuatrocientos millones de compatriotas, chino arriba chino abajo. ¿Y en esas circunstancias le vamos a pedir a esta pobre y desamparada criatura que se vaya a vivir a un lugar donde casi no hay chinos ni en los restaurantes chinos, donde la inmensa mayoría de sus habitantes no lucen ojos rasgados sino barrigas cerveceras y cabezas de queso? Se me abren las carnes sólo de pensar en tamaña crueldad...
Y no, no me lo comparen con Yao Ming, su egregio compatriota, su legítimo precursor que asumió jugar en Houston pese a no tener tampoco esta ciudad una gran colonia oriental precisamente. Houston es una grandísima urbe: no habrá muchos chinos pero se supone que sí habrá unos cuantos chinos, probablemente sólo en la ciudad de Houston ya habrá más chinos que en todo el estado de Wisconsin. De tal manera que el bueno de Yao se adaptó sin problemas, sin renunciar a sus raíces orientales acogió de inmediato las costumbres occidentales, tanto se integró que cuando un año más tarde le preguntaron “¿tú qué música americana sueles escuchar?”, él raudamente respondió que “el himno; lo escucho al menos ochenta y dos veces al año”...
Pero recuperemos el hilo de la narración y volvamos a nuestro atribulado protagonista, el (presuntamente) más joven e inexperto Yi JianLian, ya resignado a permanecer para siempre jamás en su China natal, abandonado por la NBA y olvidado del mundo... Así hasta que un día, el mismísimo Amo y Señor de la franquicia (y de medio estado de Wisconsin, de paso), por cierto apellidado Kohl para no dejar dudas acerca de su procedencia, se armó de valor, y él mismo fue, en persona, en carne mortal (si bien acompañado de amplio séquito), quien surcó ríos, cruzó valles, atravesó montañas, discurrió por toda clase de inhóspitos parajes (todo ello en su jet privado, probablemente), sólo con la finalidad de alcanzar aquel lejano lugar en el que su deseada criatura penaba tan inmensa desgracia...
Otros ya lo habían intentado sin éxito previamente, y por ello todos ingenuamente pensamos que esta última tentativa estaría igualmente condenada al fracaso... Y sin embargo, oh prodigio, oh maravilla, pocos minutos después el propio Yi JianLian salió por su propio pie de su cautiverio, e incluso de su ensimismamiento, para anunciar a los cuatro vientos que pol supuesto que selá un inmenso placel jugal en Milwaukee, esto es un sueño hecho pol fin lealidad, los Bucks son la mejol flanquicia posible, justo ese equipo con el que siemple había soñado desde que ela un niño...
¿Qué había pasado? ¿Acaso el Amo y Señor de Milwaukee, además de poderes económicos (presuntamente inútiles en este caso, por estar tasada por la NBA la nómina de las primeras elecciones del draft), tendría también tal vez poderes mágicos? En otros lejanos reinos, algunos seres deslenguados y maledicentes pensaron en sabediós qué promesas ocultas, del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que jugarás cuarenta minutos por partido aunque no te los merezcas, o bien del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que en ese plazo te traigo medio millón de chinos con los que repoblar la ciudad, o bien (dadas las dificultades logísticas que planteaba la propuesta anterior) del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que al cabo de ese año te dejaré escapar para que puedas irte a jugar a donde quieras...
Fuese por lo que fuese, lo cierto es que Yi JianLian acudió definitivamente a Milwaukee, donde no encontró apenas chinos pero sí que halló cientos de miles de milwaukenses (y wisconsinianos en general) que le recibieron con los brazos abiertos. Acudió dispuesto a cumplir su promesa y a fe que así lo hizo, empleándose con tan notable encomio en su dura y abnegada tarea que los resultados no tardaron en llegar: sus números eran fantásticos, su rendimiento en cancha provocaba la admiración de propios y extraños, todos aquellos que en su día dudaron ahora presenciaban sus elevadas prestaciones con estupor...
Poco duró tanta alegría, sin embargo: el famoso rookie wall en su caso no fue muro, fue más bien muralla (china). El mismo jugador que en la primera mitad de la temporada se había ganado con creces acudir al partido de rookies contra sophomores del fin de semana de las estrellas, acabaría esa misma temporada sin merecer siquiera formar parte de ninguno de los tres mejores quintetos de novatos del año... Una vez más negros nubarrones se cernían sobre el espigado cuello de Yi JianLian: ¿cuál era el verdadero Yi? ¿el que nos había epatado en los primeros meses de competición, o el que nos había espantado en los últimos?
Y sin embargo, justo cuando la crisis (perdón, quería decir desaceleración, aunque en este caso no encaje mucho dicho término) parecía no tener fin, un insospechado, inesperado e inusitado acontecimiento vino a cambiar para siempre el destino de nuestro atribulado protagonista, devolviéndole la alegría, la felicidad y hasta las ganas de vivir: pocas horas antes del draft de 2008 el contrato de Yi (y de paso, el de su fantasmagórico compañero Simmons) viajaba hacia New Jersey, cruzándose con el de Richard Jefferson por el camino...
Y así en Milwaukee todo fue dicha y regocijo: de un plumazo cambiaban dos problemas por una solución, por un gran jugador, uno de esos que casi nunca es all star pero casi siempre parece quedarse a sólo un pasito de ser all star...
Y así para Yi JianLian todo fue dicha y regocijo: de un plumazo el hijo del señor y a la señora Yi, ése a quien pusieron de nombre JianLian, volvía a su ser, retornaba a su mundo, recuperaba su equilibrio sobre la faz de la Tierra: de no ver chinos ni por televisión pasaba a tenerlos hasta en la sopa (de aletas de tiburón, en este caso), merced a la proximidad (inmediatez, casi diríamos) de Nueva Jersey con Nueva York, es decir, con el mayor barrio chino (dicho sea con permiso de San Francisco, no se me vayan a enfadar) que el mundo conoció fuera de los remotos confines del Lejano Oriente...
Y así en New Jersey todo fue dicha y regocijo, ya que de un plumazo mataban dos pájaros de un tiro (plumazo o tiro, no sé...): por un lado solucionaban su endémico problema de asistencia de público, abriendo sus puertas a esa comunidad china que ahora ya no se limitaría a acudir esporádicamente a su pabellón, como hacía cada vez que un compatriota llegaba a la ciudad, sino que podría hacer constantemente ese corto viaje de Chinatown a Meadowlands, mediante cinematográfico túnel, ya que ahora tendrían al compatriota permanentemente instalado en dicha ciudad... (y eso ahora, que en un par de años ya ni necesitarán túnel siquiera...)
Y por otro lado, la marcha de Jefferson les permitía liberar todo un pedazo de trozo de cacho de espacio salarial, escribiendo así el primer capítulo de un cuLeBrón que concluirá allá por el verano de 2010, cuando las Redes (o sea, los Nets) se muden a Brooklin, cuando ese amigo íntimo (antes sutilmente mencionado) del propietario rapero de la entidad finalice su etapa en Cleveland y acuda presto a emprender una nueva vida en la Gran Manzana...
En resumidas cuentas, que (nunca mejor dicho) todos fuelon felices y comielon peldices (que en este caso serían perdices agridulces en salsa de ostras, acompañadas tal vez de rollitos de primavera). Y cololín, cololado, este cuento (chino) se ha telminado...
Y así, tras el pormenorizado estudio de todas las diferentes posibilidades que se les ofrecían, optaron por escoger a un tipo feucho, paliducho, larguirucho, de rasgados ojos y desgarbado cuerpo, que resultaba ser una especie de alero con cuerpo de tres, maneras de cuatro y talla de cinco, y que resultaba responder al bello a la par que proceloso nombre de Yi JianLian.
Claro está que, con ese nombre y esa cara, el tipo no dejaba lugar a posibles equivocaciones: era chino, sin duda. Una cualidad que en Milwaukee no les había pasado desapercibida (generalmente no se les escapan estos pequeños detalles), que ya habían sopesado, que ni les pilló de nuevas ni les supuso ningún tipo de sorpresa. Pero lo que sí les iba a suponer una gran sorpresa sería todo lo que habría de suceder a continuación, que fue que Yi JianLian les dijo ceremoniosamente que sí, que vale, que ha sido un placel, que muchas glacias pol su atención pelo que allí en Milwaukee yo no voy a jugal ni muelto, mile usted... ¿Por qué? Pues hombre de dios (o de Buda, o de quien quiera que usted sea), está clarísimo: que es que allí no hay chinos, que es que por no haber casi no hay ni taiwaneses siquiera...
Aquí, cortos de miras como somos, el tema nos pudo parecer una frivolidad. Rápidamente establecíamos comparaciones, nos imaginábamos a Gasol (a cualquier Gasol) llegando a Memphis y diciendo, no, mire usted, que yo no voy a jugar en esta ciudad porque apenas hay españoles, qué digo españoles, es que no hay ni catalanes, qué digo catalanes, es que santboianos no hay ni uno tan siquiera...
Sí, desde nuestro punto de vista nos puede parecer absurdo, pero miremos más allá de nuestras narices y pongámonos en su lugar: un chino, por el mero hecho de serlo, está acostumbrado a vivir rodeado, qué digo rodeado, arropado por mil cuatrocientos millones de compatriotas, chino arriba chino abajo. ¿Y en esas circunstancias le vamos a pedir a esta pobre y desamparada criatura que se vaya a vivir a un lugar donde casi no hay chinos ni en los restaurantes chinos, donde la inmensa mayoría de sus habitantes no lucen ojos rasgados sino barrigas cerveceras y cabezas de queso? Se me abren las carnes sólo de pensar en tamaña crueldad...
Y no, no me lo comparen con Yao Ming, su egregio compatriota, su legítimo precursor que asumió jugar en Houston pese a no tener tampoco esta ciudad una gran colonia oriental precisamente. Houston es una grandísima urbe: no habrá muchos chinos pero se supone que sí habrá unos cuantos chinos, probablemente sólo en la ciudad de Houston ya habrá más chinos que en todo el estado de Wisconsin. De tal manera que el bueno de Yao se adaptó sin problemas, sin renunciar a sus raíces orientales acogió de inmediato las costumbres occidentales, tanto se integró que cuando un año más tarde le preguntaron “¿tú qué música americana sueles escuchar?”, él raudamente respondió que “el himno; lo escucho al menos ochenta y dos veces al año”...
Pero recuperemos el hilo de la narración y volvamos a nuestro atribulado protagonista, el (presuntamente) más joven e inexperto Yi JianLian, ya resignado a permanecer para siempre jamás en su China natal, abandonado por la NBA y olvidado del mundo... Así hasta que un día, el mismísimo Amo y Señor de la franquicia (y de medio estado de Wisconsin, de paso), por cierto apellidado Kohl para no dejar dudas acerca de su procedencia, se armó de valor, y él mismo fue, en persona, en carne mortal (si bien acompañado de amplio séquito), quien surcó ríos, cruzó valles, atravesó montañas, discurrió por toda clase de inhóspitos parajes (todo ello en su jet privado, probablemente), sólo con la finalidad de alcanzar aquel lejano lugar en el que su deseada criatura penaba tan inmensa desgracia...
Otros ya lo habían intentado sin éxito previamente, y por ello todos ingenuamente pensamos que esta última tentativa estaría igualmente condenada al fracaso... Y sin embargo, oh prodigio, oh maravilla, pocos minutos después el propio Yi JianLian salió por su propio pie de su cautiverio, e incluso de su ensimismamiento, para anunciar a los cuatro vientos que pol supuesto que selá un inmenso placel jugal en Milwaukee, esto es un sueño hecho pol fin lealidad, los Bucks son la mejol flanquicia posible, justo ese equipo con el que siemple había soñado desde que ela un niño...
¿Qué había pasado? ¿Acaso el Amo y Señor de Milwaukee, además de poderes económicos (presuntamente inútiles en este caso, por estar tasada por la NBA la nómina de las primeras elecciones del draft), tendría también tal vez poderes mágicos? En otros lejanos reinos, algunos seres deslenguados y maledicentes pensaron en sabediós qué promesas ocultas, del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que jugarás cuarenta minutos por partido aunque no te los merezcas, o bien del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que en ese plazo te traigo medio millón de chinos con los que repoblar la ciudad, o bien (dadas las dificultades logísticas que planteaba la propuesta anterior) del tipo tú vente un año a Milwaukee y yo te garantizo que al cabo de ese año te dejaré escapar para que puedas irte a jugar a donde quieras...
Fuese por lo que fuese, lo cierto es que Yi JianLian acudió definitivamente a Milwaukee, donde no encontró apenas chinos pero sí que halló cientos de miles de milwaukenses (y wisconsinianos en general) que le recibieron con los brazos abiertos. Acudió dispuesto a cumplir su promesa y a fe que así lo hizo, empleándose con tan notable encomio en su dura y abnegada tarea que los resultados no tardaron en llegar: sus números eran fantásticos, su rendimiento en cancha provocaba la admiración de propios y extraños, todos aquellos que en su día dudaron ahora presenciaban sus elevadas prestaciones con estupor...
Poco duró tanta alegría, sin embargo: el famoso rookie wall en su caso no fue muro, fue más bien muralla (china). El mismo jugador que en la primera mitad de la temporada se había ganado con creces acudir al partido de rookies contra sophomores del fin de semana de las estrellas, acabaría esa misma temporada sin merecer siquiera formar parte de ninguno de los tres mejores quintetos de novatos del año... Una vez más negros nubarrones se cernían sobre el espigado cuello de Yi JianLian: ¿cuál era el verdadero Yi? ¿el que nos había epatado en los primeros meses de competición, o el que nos había espantado en los últimos?
Y sin embargo, justo cuando la crisis (perdón, quería decir desaceleración, aunque en este caso no encaje mucho dicho término) parecía no tener fin, un insospechado, inesperado e inusitado acontecimiento vino a cambiar para siempre el destino de nuestro atribulado protagonista, devolviéndole la alegría, la felicidad y hasta las ganas de vivir: pocas horas antes del draft de 2008 el contrato de Yi (y de paso, el de su fantasmagórico compañero Simmons) viajaba hacia New Jersey, cruzándose con el de Richard Jefferson por el camino...
Y así en Milwaukee todo fue dicha y regocijo: de un plumazo cambiaban dos problemas por una solución, por un gran jugador, uno de esos que casi nunca es all star pero casi siempre parece quedarse a sólo un pasito de ser all star...
Y así para Yi JianLian todo fue dicha y regocijo: de un plumazo el hijo del señor y a la señora Yi, ése a quien pusieron de nombre JianLian, volvía a su ser, retornaba a su mundo, recuperaba su equilibrio sobre la faz de la Tierra: de no ver chinos ni por televisión pasaba a tenerlos hasta en la sopa (de aletas de tiburón, en este caso), merced a la proximidad (inmediatez, casi diríamos) de Nueva Jersey con Nueva York, es decir, con el mayor barrio chino (dicho sea con permiso de San Francisco, no se me vayan a enfadar) que el mundo conoció fuera de los remotos confines del Lejano Oriente...
Y así en New Jersey todo fue dicha y regocijo, ya que de un plumazo mataban dos pájaros de un tiro (plumazo o tiro, no sé...): por un lado solucionaban su endémico problema de asistencia de público, abriendo sus puertas a esa comunidad china que ahora ya no se limitaría a acudir esporádicamente a su pabellón, como hacía cada vez que un compatriota llegaba a la ciudad, sino que podría hacer constantemente ese corto viaje de Chinatown a Meadowlands, mediante cinematográfico túnel, ya que ahora tendrían al compatriota permanentemente instalado en dicha ciudad... (y eso ahora, que en un par de años ya ni necesitarán túnel siquiera...)
Y por otro lado, la marcha de Jefferson les permitía liberar todo un pedazo de trozo de cacho de espacio salarial, escribiendo así el primer capítulo de un cuLeBrón que concluirá allá por el verano de 2010, cuando las Redes (o sea, los Nets) se muden a Brooklin, cuando ese amigo íntimo (antes sutilmente mencionado) del propietario rapero de la entidad finalice su etapa en Cleveland y acuda presto a emprender una nueva vida en la Gran Manzana...
En resumidas cuentas, que (nunca mejor dicho) todos fuelon felices y comielon peldices (que en este caso serían perdices agridulces en salsa de ostras, acompañadas tal vez de rollitos de primavera). Y cololín, cololado, este cuento (chino) se ha telminado...
viernes, 20 de junio de 2008
crónica en verde
Lo primero sería hacer examen de conciencia…
Hace algo más de dos semanas tuve el atrevimiento de poner aquí mismo una especie de previo, un análisis en forma de quiniela de lo que, en mi discutible opinión, habría de pasar en esta final NBA. Y ustedes (si tuvieron la santa paciencia de leerlo) recordarán que de los catorce signos (basados en enfrentamientos individuales o en aspectos colectivos) di ocho favorables a los Lakers, un solo empate y tan sólo cinco para los Celtics… Vamos, que me cubrí de gloria.
Un somero repaso de todo lo que escribí entonces denota (aparte de mi suprema ignorancia) que acerté en todo lo (poco) que pinté de verde y la cagué en todo lo (mucho) que pinté de amarillo. El joven Rondo fue mejor que el maduro Fisher, la pareja Allen-Pierce fue infinitamente mejor que la Bryant-Radmanovic (en qué hora se me ocurrió decir que éste a las órdenes de Phil Jackson era ya otro jugador) y la dupla Garnett-Perkins se comió con patatas (por mucho que nos duela) a la formada por Odom y Gasol. Y evidentemente hablo en general, que ya sé bien que en el quinto partido no fue así y que en el tercero no fue asao, pero que si miramos el global de la serie apenas quedará ninguna duda...
Y de los banquillos (menuda ocurrencia mía ponerles una equis) ya ni hablemos, con Farmar, Vujacic, Ariza, Walton o Turiaf desaparecidos en combate (salvo momentos muy puntuales de los dos primeros) mientras presenciaban en primer plano las espectaculares explosiones de los presuntamente semiacabados Cassell, P.J. Brown o Posey (poseído, ciertamente: en estado de gracia durante toda la serie), o los puntuales arrebatos de los otrora irregulares Eddie House, Powe The Show e incluso del orondo Big Baby Davis…
Y hasta escribí que los Celtics ganarían en defensa y los Lakers en ataque, sin pararme a pensar siquiera en la posibilidad de que esa triunfal defensa bostoniana se pudiera comer (como así ocurrió) al ataque angelino. Y hasta puse que los lakers, aún siendo menos veteranos, ganaban en experiencia por el mero hecho de que tipos tan principales como Kobe o Fisher supieran ya cómo ganar anillos, sin pararme a pensar en la posibilidad de que esos aguerridos célticos tan curtidos en mil batallas pudieran tardar tan poco en aprenderlo. Y hasta puse a la estrella Kobe infinitamente por encima de cualquier estrella verde, sin plantearme siquiera que éstas pudieran taparla hasta hacerla casi oscurecer. Y hasta me atreví a lanzar las campanas al vuelo por la presumible superioridad de Jackson sobre Rivers, sin reparar en que al Maestro Zen ya me le dio un repaso el Maestro Brown (Larry) hace cuatro años, sin imaginar siquiera que el joven (pero sobradamente preparado) Glenn Doc pudiera dejar de ser simplemente un buen entrenador para convertirse sencillamente en uno de los grandes.
Los Celtics ganaron también (esto era tan de prever que hasta lo acerté incluso) en presión ambiental. Nada que no supiéramos, por otra parte: ves un partido en el Staples y ves a Dustin Hoffman, Denzel Washington, Silvester Stallone (o lo que quede de él tras tantas capas de piel implantadas), Justin Timberlake, Antonio Banderas, Cameron Díaz, Dianne Cannon, Plácido Domingo, David Beckham (a menudo acompañado de su señora y/o sus hijos, prestando al partido la misma atención que prestaría yo a uno de críquet, pongamos por caso)… y sí, también Jack Nicholson, el único de entre todos ellos que parece tener sangre en las venas, el único entre tanto famoseo al que parece importarle de verdad lo que pasa en la cancha. Los demás no van a ver sino a ser vistos, convierten el primer piso del Staples en una especie de escaparate, eso sí previo pago de una inmensa fortuna por cada localidad. Y se me dirá que no todos son famosos, pero como si lo fueran: aquellos que pueden permitirse semejante lujo lo hacen porque es allí donde hay que estar, justo donde está esta noche la jet set angelina, cual si se tratara del local de moda, del cóctel inaugural de cualquier exposición, de la entrega de los óscars, los emmys, los grammys… o (salvando las inmensas distancias) del palco del Bernabéu, como también sucedía por aquí no hace demasiados años (y supongo que seguirá sucediendo). Sí, evidentemente más arriba se sentarán (digo yo) los verdaderos aficionados, los cuales, tal vez contagiados por la frialdad que viene de abajo, tal vez estremecidos por el pastón que acaban de soltar, tal vez aplatanados por la bonanza del clima, se muestran igualmente incapaces de animar como es debido, de soltar un de-fense, de-fense en condiciones siquiera. Con alegrarse ligeramente tras cada canasta ya tienen más que suficiente.
Sin embargo, al otro lado del mapa, el Comosellame Garden recuerda a (salvemos otra vez las distancias) cualquier estruendosa cancha europea o, si se prefiere, a cualquiera de las que estamos acostumbrados a ver en baloncesto universitario. Aquí de la NCAA apenas nos llega el Torneo Final, y por eso apenas tenemos conciencia de que antes, en temporada regular, los ambientes son tremendos, con griteríos ensordecedores y pabellones enteros absolutamente volcados a favor de los de casa. No, ya sé que en temporada regular NBA las cosas no son así, más bien al contrario… pero cuando llegan los playoffs algunas aficiones se transfiguran, acuden vestidas y embadurnadas con los colores de su equipo (y si no, pues con la entrada les regalan la camiseta), gritan hasta reventar como jamás han gritado… Los Celtics tienen el honor de disfrutar de una de estas aficiones: no aguantan todo el partido de pie como los enloquecidos estudiantes de Duke o Illinois (por poner sólo dos ejemplos), que todavía hay clases, faltaría más… pero animan como si de aficionados de Panathinaikos, Unicaja o Penya (tres ejemplos escogidos por razones meramente cromáticas) se tratara.
Animan como si tuvieran toda una historia detrás, por la sencilla razón de que tienen toda una historia detrás (y al menos en esto de la urgencia histórica tampoco me equivoqué, sólo faltaría). Tienen toda una historia de éxitos legendarios, allá por los sesenta, que sólo recordarán los más viejos del lugar. Tienen toda una historia de éxitos medianamente recientes, de eternas rivalidades bostoniano-angelinas en los ochenta que aún permanecerán en la memoria de muchos. Y tienen toda una historia de más de veinte años de frustraciones, una historia en la que han crecido las nuevas generaciones, derrota tras derrota, fracaso tras fracaso mientras escuchaban a sus padres o abuelos relatar innumerables batallitas acerca de unos tipos llamados Auerbach, Russell, Heinsohn, Nelson, Silas, Cowens, Havlicek, Archibald, Maxwell, Bird, Parish, McHale, todos esos nombres que vemos ahí colgados del techo del pabellón, recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver… ¿o sí?
Unas nuevas generaciones que tal vez recordaran vagamente a Len Bias, aquél con cuya elección en el draft debía comenzar la regeneración y con cuya muerte inmediata pareció comenzar la maldición; recordarán tal vez a Reggie Lewis, aquél que empezaba a ser jugador franquicia en los primeros noventa, aquél a quien un día le dijeron que no jugara más, que peligraba su salud, aquél que no hizo caso, que acabó haciendo caso a regañadientes, que tanto se resistió que insistió en volver, que tanto empeñó puso en lograrlo justo hasta aquel aciago día en que su corazón se le partió en pleno entrenamiento; quizá sí tengan fresca en su memoria la llegada de aquel mesías llamado Pitino, el que tras tantos éxitos en Kentucky llegó a Boston imaginando aplicar sus conceptos universitarios al baloncesto profesional, enarbolando su eterno lema de que el éxito es una elección (sólo que parece que su elección esta vez no fue la correcta); y sí que tendrán presente como si fuese ayer mismo aquel equipo de comienzos de siglo formado por Pierce, Walker y apenas nada más, que, con la bandera del triple como casi único recurso, por una vez no estuvo lejos de dar la campanada…
Pierce. Probablemente nadie conoce mejor que él toda esta historia de frustraciones por haberla vivido desde dentro, probablemente nadie habrá sufrido más que él la añoranza de tantos éxitos legendarios, precisamente por haber tenido que soportar su leyenda sobre los hombros durante todo este tiempo. No está mal para un chaval nacido y criado en Los Ángeles, uno de tantos que crecieron celebrando triunfos amarillos y deseando derrotas verdes. Pero la vida da muchas vueltas, que en su caso comenzaron justo el día en que Roy Williams y el campus de Lawrence lo ganaron para Kansas, y continuaron en un draft absurdo, un draft en el que hasta nueve equipos se olvidaron de él (o quizás no se olvidaron, quizás fuera simplemente que sus prioridades eran otras), de tal manera que los Celtics, en su puesto número diez, se quedaron literalmente estupefactos cuando descubrieron que aún podían escoger a un jugador con el que ni siquiera habían soñado, con el que ni tan siquiera contaban. Tal vez una de las pocas buenas noticias verdes en ese periodo negro…
Y Pierce se convirtió de inmediato en el jugador franquicia, sólo o en compañía de Walker. Y (ya quedó dicho) hasta en una ocasión se asomó a una final de conferencia, pero aquello no es que no tuviera continuidad, es que fue apenas una isla en un océano de frustraciones. Llegara quien llegara deshacía lo hecho por el anterior, haciendo cosas que a su vez serían sistemáticamente deshechas por el siguiente. Sólo Pierce permanecía entre tantas idas y venidas, entre tanto desastre, pidiendo a gritos el traspaso por un lado, sin acabar de decidirse a marcharse por el otro. Finalmente optó (y le optaron) por quedarse, por mantenerse, por intentar sobrevivir: para alguien que un día fue capaz de sobrevivir a once puñaladas traperas bien distribuidas por todo su cuerpo, al fin y al cabo este otro tipo de supervivencia tampoco debería resultar demasiado complicado…
Hasta que un día, allá por los comienzos del verano de 2007, ese firme creyente mormón llamado Danny Ainge vio por fin la luz: descubrió que en la NBA hay (simplificándolo mucho) tres clases sociales (es decir, tres clases de jugadores), alta, media y baja; y descubrió que entre la élite y el nivel medio la diferencia es mucho mayor que entre el medio y el bajo. Y se dijo, dejemos de rodear a Pierce de jugadores de clase media, prescindamos completamente de ellos y a cambio traigámonos a otras dos superestrellas, y los múltiples huecos que nos dejen rellenémoslos con morralla si ello es necesario…
Dicho y hecho: bienvenidos Garnett y Allen, y a cambio despidamos a nuestro esperanzador Al Jefferson, despidamos a tantos otros, démosles galones a esos Rondo y Perkins de los que no acabamos de fiarnos, incorporemos a un gladiador como Posey, a un olvidado como House y luego, ya avanzada la temporada, pues dios proveerá… Y proveyó a un Cassell rescatado del ostracismo, a un P.J. Brown rescatado del olvido, y de repente resultó que contra todo pronóstico aquello no sólo parecía un equipo sino que además lo era, de repente Pierce no daba balones para que le devolvieran melones, de repente The Truth tenía a su lado dos socios a su nivel, dos socios en los que poder confiar.
Y quizás fuera entonces, o quizás ya hubiera sido antes cuando por la mente de ese Pierce acostumbrado a verlas de todos los colores cruzó una sola, una única idea: es ahora o nunca. Y con ella entre ceja y ceja saltó a la cancha durante dos meses, de mediados de abril a mediados de junio, anotando hasta la imposibilidad y defendiendo hasta la extenuación, jugando cada minuto de cada partido como si fuera el último, como si le fuera no ya el anillo sino la vida entera en el empeño. Nadie mejor que él conoce esa casa, nadie mejor que él sabe lo que allí se ha sufrido. Nadie merecía más que él ese MVP, nadie mereció tanto como él ese anillo.
El anillo de Pierce, el anillo de toda una ciudad acostumbrada a ganar en casi todo pero que en baloncesto, precisamente en baloncesto, llevaba ya demasiado tiempo sin ganar nada. El anillo de tantos arrogantes verdes, de tantos célticos repartidos por el mundo y que ya no recordaban la última vez que tuvieron algo por lo que enorgullecerse. El anillo de (pongamos sólo tres ejemplos) Santiago Segurola, un día ya lejano analista NBA y NCAA en el Plus, tantos años en El País, hoy (creo) en Marca. El anillo de Loquillo, aquel tipo de largas patillas y gabán de cuero que un día proclamara ser feo, fuerte y formal junto a sus Trogloditas. El anillo de, por supuesto, ese incomparable Antonio Rodríguez cuya filiación céltica tanto le complicó la vida durante la final de conferencia, gracias a todos aquellos que aún no saben distinguir entre imparcialidad y objetividad…
Y el anillo de tantos célticos anónimos que de repente afloraron cual setas en otoño, convirtiendo esta final en la más comentada, debatida, discutida y peleada en mucho tiempo. De un lado estaba uno de los nuestros, del otro apareció toda una afición dormida con la que apenas nadie contaba; una afición en absoluto dispuesta a resignarse, una afición entregada a quejarse de los arbitrajes en cancha ajena en la misma medida en que los ajenos se les quejaban en la propia; una afición desesperada con tantos comentarios (en su opinión) parciales y/o subjetivos, una afición en guerra permanente con un Carnicero de quien yo no tengo queja y con un Loncar de quien sí puedo tenerla (o al menos puedo entender las quejas de los demás), permanentemente pasado de vueltas, pasado de gritos, pasado de subjetividades precisamente él, quizás aquél en quien menos cabría esperarlo… Una afición sufrida, entregada, peleada… y finalmente feliz, inmensamente feliz.
Fin de la historia. Quién sabe, quizás el año que viene repitamos final, no sería tan raro aunque estos Celtics ya tienen una edad, y aunque estos Lakers deberán hacer un serio examen de conciencia: ficharon a Gasol y creyeron haber fichado a Jabbar, y como de repente empezaron a ganar partidos, fueron líderes del Oeste y dominaron con solvencia los playoffs, pues se ve que supusieron que la final sería coser y cantar, sin pararse a pensar (ni ellos, ni casi nadie) que esa misma plantilla (menos Kwame, más Gasol) era aquella por la que Kobe había echado pestes en octubre, la misma de la que se había querido ir a toda costa, la misma con la que ningún pronosticador sensato contaba por aquel entonces. Pero de repente estaban en la final y se creían (y les creíamos) con serias posibilidades de ganarla, pero la perdieron y entonces resultó que el culpable (gracias a su llegada) de llevarles hasta la final resultaba ser también el culpable de perderla. Como si sólo él hubiera estado mal, como si no hubieran estado todos los Lakers (y Kobe el primero, por cierto) muy por debajo de su nivel habitual.
Así que en cualquier caso no les vendrá mal en Los Ángeles un somero examen de conciencia, pero sin perder en ningún caso la perspectiva: esto que ahora les parece un fracaso, en realidad es un éxito absoluto; si a comienzos de temporada (o incluso a comienzos de febrero, con Gasol recién llegado) les hubieran dicho que ganarían el Oeste y jugarían la final, directamente habrían preguntado dónde tenían que firmar.
Así que sí, tal vez repitamos final… o tal vez no, que al fin y al cabo será año impar y ya es sabido que desde 2003 esto lleva una cadencia exacta y precisa: si es año par gana un equipo del Este, si es año impar ganan los Spurs. Sea como fuere no teman, que dado que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (y en mi caso dos son muy pocas), pues probablemente para entonces estaré de nuevo por aquí con otro de mis sesudos análisis, regalándoles otra razonada quiniela de las mías… Ya saben, léanlo detenidamente y a continuación apuesten justo por lo contrario de lo que yo diga: seguro que no se arrepentirán.
Hace algo más de dos semanas tuve el atrevimiento de poner aquí mismo una especie de previo, un análisis en forma de quiniela de lo que, en mi discutible opinión, habría de pasar en esta final NBA. Y ustedes (si tuvieron la santa paciencia de leerlo) recordarán que de los catorce signos (basados en enfrentamientos individuales o en aspectos colectivos) di ocho favorables a los Lakers, un solo empate y tan sólo cinco para los Celtics… Vamos, que me cubrí de gloria.
Un somero repaso de todo lo que escribí entonces denota (aparte de mi suprema ignorancia) que acerté en todo lo (poco) que pinté de verde y la cagué en todo lo (mucho) que pinté de amarillo. El joven Rondo fue mejor que el maduro Fisher, la pareja Allen-Pierce fue infinitamente mejor que la Bryant-Radmanovic (en qué hora se me ocurrió decir que éste a las órdenes de Phil Jackson era ya otro jugador) y la dupla Garnett-Perkins se comió con patatas (por mucho que nos duela) a la formada por Odom y Gasol. Y evidentemente hablo en general, que ya sé bien que en el quinto partido no fue así y que en el tercero no fue asao, pero que si miramos el global de la serie apenas quedará ninguna duda...
Y de los banquillos (menuda ocurrencia mía ponerles una equis) ya ni hablemos, con Farmar, Vujacic, Ariza, Walton o Turiaf desaparecidos en combate (salvo momentos muy puntuales de los dos primeros) mientras presenciaban en primer plano las espectaculares explosiones de los presuntamente semiacabados Cassell, P.J. Brown o Posey (poseído, ciertamente: en estado de gracia durante toda la serie), o los puntuales arrebatos de los otrora irregulares Eddie House, Powe The Show e incluso del orondo Big Baby Davis…
Y hasta escribí que los Celtics ganarían en defensa y los Lakers en ataque, sin pararme a pensar siquiera en la posibilidad de que esa triunfal defensa bostoniana se pudiera comer (como así ocurrió) al ataque angelino. Y hasta puse que los lakers, aún siendo menos veteranos, ganaban en experiencia por el mero hecho de que tipos tan principales como Kobe o Fisher supieran ya cómo ganar anillos, sin pararme a pensar en la posibilidad de que esos aguerridos célticos tan curtidos en mil batallas pudieran tardar tan poco en aprenderlo. Y hasta puse a la estrella Kobe infinitamente por encima de cualquier estrella verde, sin plantearme siquiera que éstas pudieran taparla hasta hacerla casi oscurecer. Y hasta me atreví a lanzar las campanas al vuelo por la presumible superioridad de Jackson sobre Rivers, sin reparar en que al Maestro Zen ya me le dio un repaso el Maestro Brown (Larry) hace cuatro años, sin imaginar siquiera que el joven (pero sobradamente preparado) Glenn Doc pudiera dejar de ser simplemente un buen entrenador para convertirse sencillamente en uno de los grandes.
Los Celtics ganaron también (esto era tan de prever que hasta lo acerté incluso) en presión ambiental. Nada que no supiéramos, por otra parte: ves un partido en el Staples y ves a Dustin Hoffman, Denzel Washington, Silvester Stallone (o lo que quede de él tras tantas capas de piel implantadas), Justin Timberlake, Antonio Banderas, Cameron Díaz, Dianne Cannon, Plácido Domingo, David Beckham (a menudo acompañado de su señora y/o sus hijos, prestando al partido la misma atención que prestaría yo a uno de críquet, pongamos por caso)… y sí, también Jack Nicholson, el único de entre todos ellos que parece tener sangre en las venas, el único entre tanto famoseo al que parece importarle de verdad lo que pasa en la cancha. Los demás no van a ver sino a ser vistos, convierten el primer piso del Staples en una especie de escaparate, eso sí previo pago de una inmensa fortuna por cada localidad. Y se me dirá que no todos son famosos, pero como si lo fueran: aquellos que pueden permitirse semejante lujo lo hacen porque es allí donde hay que estar, justo donde está esta noche la jet set angelina, cual si se tratara del local de moda, del cóctel inaugural de cualquier exposición, de la entrega de los óscars, los emmys, los grammys… o (salvando las inmensas distancias) del palco del Bernabéu, como también sucedía por aquí no hace demasiados años (y supongo que seguirá sucediendo). Sí, evidentemente más arriba se sentarán (digo yo) los verdaderos aficionados, los cuales, tal vez contagiados por la frialdad que viene de abajo, tal vez estremecidos por el pastón que acaban de soltar, tal vez aplatanados por la bonanza del clima, se muestran igualmente incapaces de animar como es debido, de soltar un de-fense, de-fense en condiciones siquiera. Con alegrarse ligeramente tras cada canasta ya tienen más que suficiente.
Sin embargo, al otro lado del mapa, el Comosellame Garden recuerda a (salvemos otra vez las distancias) cualquier estruendosa cancha europea o, si se prefiere, a cualquiera de las que estamos acostumbrados a ver en baloncesto universitario. Aquí de la NCAA apenas nos llega el Torneo Final, y por eso apenas tenemos conciencia de que antes, en temporada regular, los ambientes son tremendos, con griteríos ensordecedores y pabellones enteros absolutamente volcados a favor de los de casa. No, ya sé que en temporada regular NBA las cosas no son así, más bien al contrario… pero cuando llegan los playoffs algunas aficiones se transfiguran, acuden vestidas y embadurnadas con los colores de su equipo (y si no, pues con la entrada les regalan la camiseta), gritan hasta reventar como jamás han gritado… Los Celtics tienen el honor de disfrutar de una de estas aficiones: no aguantan todo el partido de pie como los enloquecidos estudiantes de Duke o Illinois (por poner sólo dos ejemplos), que todavía hay clases, faltaría más… pero animan como si de aficionados de Panathinaikos, Unicaja o Penya (tres ejemplos escogidos por razones meramente cromáticas) se tratara.
Animan como si tuvieran toda una historia detrás, por la sencilla razón de que tienen toda una historia detrás (y al menos en esto de la urgencia histórica tampoco me equivoqué, sólo faltaría). Tienen toda una historia de éxitos legendarios, allá por los sesenta, que sólo recordarán los más viejos del lugar. Tienen toda una historia de éxitos medianamente recientes, de eternas rivalidades bostoniano-angelinas en los ochenta que aún permanecerán en la memoria de muchos. Y tienen toda una historia de más de veinte años de frustraciones, una historia en la que han crecido las nuevas generaciones, derrota tras derrota, fracaso tras fracaso mientras escuchaban a sus padres o abuelos relatar innumerables batallitas acerca de unos tipos llamados Auerbach, Russell, Heinsohn, Nelson, Silas, Cowens, Havlicek, Archibald, Maxwell, Bird, Parish, McHale, todos esos nombres que vemos ahí colgados del techo del pabellón, recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver… ¿o sí?
Unas nuevas generaciones que tal vez recordaran vagamente a Len Bias, aquél con cuya elección en el draft debía comenzar la regeneración y con cuya muerte inmediata pareció comenzar la maldición; recordarán tal vez a Reggie Lewis, aquél que empezaba a ser jugador franquicia en los primeros noventa, aquél a quien un día le dijeron que no jugara más, que peligraba su salud, aquél que no hizo caso, que acabó haciendo caso a regañadientes, que tanto se resistió que insistió en volver, que tanto empeñó puso en lograrlo justo hasta aquel aciago día en que su corazón se le partió en pleno entrenamiento; quizá sí tengan fresca en su memoria la llegada de aquel mesías llamado Pitino, el que tras tantos éxitos en Kentucky llegó a Boston imaginando aplicar sus conceptos universitarios al baloncesto profesional, enarbolando su eterno lema de que el éxito es una elección (sólo que parece que su elección esta vez no fue la correcta); y sí que tendrán presente como si fuese ayer mismo aquel equipo de comienzos de siglo formado por Pierce, Walker y apenas nada más, que, con la bandera del triple como casi único recurso, por una vez no estuvo lejos de dar la campanada…
Pierce. Probablemente nadie conoce mejor que él toda esta historia de frustraciones por haberla vivido desde dentro, probablemente nadie habrá sufrido más que él la añoranza de tantos éxitos legendarios, precisamente por haber tenido que soportar su leyenda sobre los hombros durante todo este tiempo. No está mal para un chaval nacido y criado en Los Ángeles, uno de tantos que crecieron celebrando triunfos amarillos y deseando derrotas verdes. Pero la vida da muchas vueltas, que en su caso comenzaron justo el día en que Roy Williams y el campus de Lawrence lo ganaron para Kansas, y continuaron en un draft absurdo, un draft en el que hasta nueve equipos se olvidaron de él (o quizás no se olvidaron, quizás fuera simplemente que sus prioridades eran otras), de tal manera que los Celtics, en su puesto número diez, se quedaron literalmente estupefactos cuando descubrieron que aún podían escoger a un jugador con el que ni siquiera habían soñado, con el que ni tan siquiera contaban. Tal vez una de las pocas buenas noticias verdes en ese periodo negro…
Y Pierce se convirtió de inmediato en el jugador franquicia, sólo o en compañía de Walker. Y (ya quedó dicho) hasta en una ocasión se asomó a una final de conferencia, pero aquello no es que no tuviera continuidad, es que fue apenas una isla en un océano de frustraciones. Llegara quien llegara deshacía lo hecho por el anterior, haciendo cosas que a su vez serían sistemáticamente deshechas por el siguiente. Sólo Pierce permanecía entre tantas idas y venidas, entre tanto desastre, pidiendo a gritos el traspaso por un lado, sin acabar de decidirse a marcharse por el otro. Finalmente optó (y le optaron) por quedarse, por mantenerse, por intentar sobrevivir: para alguien que un día fue capaz de sobrevivir a once puñaladas traperas bien distribuidas por todo su cuerpo, al fin y al cabo este otro tipo de supervivencia tampoco debería resultar demasiado complicado…
Hasta que un día, allá por los comienzos del verano de 2007, ese firme creyente mormón llamado Danny Ainge vio por fin la luz: descubrió que en la NBA hay (simplificándolo mucho) tres clases sociales (es decir, tres clases de jugadores), alta, media y baja; y descubrió que entre la élite y el nivel medio la diferencia es mucho mayor que entre el medio y el bajo. Y se dijo, dejemos de rodear a Pierce de jugadores de clase media, prescindamos completamente de ellos y a cambio traigámonos a otras dos superestrellas, y los múltiples huecos que nos dejen rellenémoslos con morralla si ello es necesario…
Dicho y hecho: bienvenidos Garnett y Allen, y a cambio despidamos a nuestro esperanzador Al Jefferson, despidamos a tantos otros, démosles galones a esos Rondo y Perkins de los que no acabamos de fiarnos, incorporemos a un gladiador como Posey, a un olvidado como House y luego, ya avanzada la temporada, pues dios proveerá… Y proveyó a un Cassell rescatado del ostracismo, a un P.J. Brown rescatado del olvido, y de repente resultó que contra todo pronóstico aquello no sólo parecía un equipo sino que además lo era, de repente Pierce no daba balones para que le devolvieran melones, de repente The Truth tenía a su lado dos socios a su nivel, dos socios en los que poder confiar.
Y quizás fuera entonces, o quizás ya hubiera sido antes cuando por la mente de ese Pierce acostumbrado a verlas de todos los colores cruzó una sola, una única idea: es ahora o nunca. Y con ella entre ceja y ceja saltó a la cancha durante dos meses, de mediados de abril a mediados de junio, anotando hasta la imposibilidad y defendiendo hasta la extenuación, jugando cada minuto de cada partido como si fuera el último, como si le fuera no ya el anillo sino la vida entera en el empeño. Nadie mejor que él conoce esa casa, nadie mejor que él sabe lo que allí se ha sufrido. Nadie merecía más que él ese MVP, nadie mereció tanto como él ese anillo.
El anillo de Pierce, el anillo de toda una ciudad acostumbrada a ganar en casi todo pero que en baloncesto, precisamente en baloncesto, llevaba ya demasiado tiempo sin ganar nada. El anillo de tantos arrogantes verdes, de tantos célticos repartidos por el mundo y que ya no recordaban la última vez que tuvieron algo por lo que enorgullecerse. El anillo de (pongamos sólo tres ejemplos) Santiago Segurola, un día ya lejano analista NBA y NCAA en el Plus, tantos años en El País, hoy (creo) en Marca. El anillo de Loquillo, aquel tipo de largas patillas y gabán de cuero que un día proclamara ser feo, fuerte y formal junto a sus Trogloditas. El anillo de, por supuesto, ese incomparable Antonio Rodríguez cuya filiación céltica tanto le complicó la vida durante la final de conferencia, gracias a todos aquellos que aún no saben distinguir entre imparcialidad y objetividad…
Y el anillo de tantos célticos anónimos que de repente afloraron cual setas en otoño, convirtiendo esta final en la más comentada, debatida, discutida y peleada en mucho tiempo. De un lado estaba uno de los nuestros, del otro apareció toda una afición dormida con la que apenas nadie contaba; una afición en absoluto dispuesta a resignarse, una afición entregada a quejarse de los arbitrajes en cancha ajena en la misma medida en que los ajenos se les quejaban en la propia; una afición desesperada con tantos comentarios (en su opinión) parciales y/o subjetivos, una afición en guerra permanente con un Carnicero de quien yo no tengo queja y con un Loncar de quien sí puedo tenerla (o al menos puedo entender las quejas de los demás), permanentemente pasado de vueltas, pasado de gritos, pasado de subjetividades precisamente él, quizás aquél en quien menos cabría esperarlo… Una afición sufrida, entregada, peleada… y finalmente feliz, inmensamente feliz.
Fin de la historia. Quién sabe, quizás el año que viene repitamos final, no sería tan raro aunque estos Celtics ya tienen una edad, y aunque estos Lakers deberán hacer un serio examen de conciencia: ficharon a Gasol y creyeron haber fichado a Jabbar, y como de repente empezaron a ganar partidos, fueron líderes del Oeste y dominaron con solvencia los playoffs, pues se ve que supusieron que la final sería coser y cantar, sin pararse a pensar (ni ellos, ni casi nadie) que esa misma plantilla (menos Kwame, más Gasol) era aquella por la que Kobe había echado pestes en octubre, la misma de la que se había querido ir a toda costa, la misma con la que ningún pronosticador sensato contaba por aquel entonces. Pero de repente estaban en la final y se creían (y les creíamos) con serias posibilidades de ganarla, pero la perdieron y entonces resultó que el culpable (gracias a su llegada) de llevarles hasta la final resultaba ser también el culpable de perderla. Como si sólo él hubiera estado mal, como si no hubieran estado todos los Lakers (y Kobe el primero, por cierto) muy por debajo de su nivel habitual.
Así que en cualquier caso no les vendrá mal en Los Ángeles un somero examen de conciencia, pero sin perder en ningún caso la perspectiva: esto que ahora les parece un fracaso, en realidad es un éxito absoluto; si a comienzos de temporada (o incluso a comienzos de febrero, con Gasol recién llegado) les hubieran dicho que ganarían el Oeste y jugarían la final, directamente habrían preguntado dónde tenían que firmar.
Así que sí, tal vez repitamos final… o tal vez no, que al fin y al cabo será año impar y ya es sabido que desde 2003 esto lleva una cadencia exacta y precisa: si es año par gana un equipo del Este, si es año impar ganan los Spurs. Sea como fuere no teman, que dado que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (y en mi caso dos son muy pocas), pues probablemente para entonces estaré de nuevo por aquí con otro de mis sesudos análisis, regalándoles otra razonada quiniela de las mías… Ya saben, léanlo detenidamente y a continuación apuesten justo por lo contrario de lo que yo diga: seguro que no se arrepentirán.
martes, 10 de junio de 2008
el viaje de Rudy
Ésta vendría a ser la crónica de un adiós anunciado. De un viaje que se intuyó hace ya más de tres años, que el verano pasado se tornó ya inminente, que se aplazó tras una charla de café para de esta manera regalarnos algo del mejor baloncesto jamás visto en estos últimos tiempos, para de esa manera regalar a sus buenas gentes badalonesas un buen puñado de sueños hechos por fin realidad. Y algunos, estos días pasados, aún quisimos engañarnos, aún nos imaginamos un último e improbable aplazamiento del aplazamiento, los hubo que hasta crearon una web al grito de rudyquédate (puntocom), muchos nos esforzamos en intentar no ver lo evidente, no quisimos aún darnos cuenta de que aquello ya no tenía vuelta de hoja.
Rudy se a va a la NBA dejándonos un montón de postales para el recuerdo, algunas de las escenas más bellas, de las canastas más irrepetibles que hayamos conocido por estos pagos durante toda nuestra existencia. Mates inverosímiles, alley oops imposibles, arabescos insospechados, zancadas desmesuradas, penetraciones en perfecto estado de levitación, triples desequilibrados tal vez cayendo, de medio lado, de través, al bies, hasta vuelto del revés. Rudy nos deja una sensación como la de aquellos carteles que a veces nos encontrábamos en las fotocopiadoras, las cosas difíciles las hacemos al momento, las imposibles tardamos un poco más.
Rudy se va a la NBA convertido (es opinión unánime) en el mejor dos de Europa. Y convertido también (es sólo mi opinión) en el mejor jugador de Europa (es decir, de entre los que juegan en Europa): no sólo en su puesto; en cualquier puesto. Hagan un repaso, piensen en cualquier jugador a cualquier nivel, evoquen a Papaloukas, Diamantidis, Siskauskas, Vujcic, Pekovic, si quieren también a Marc, Felipe, Planinic, Ilyasova, Lakovic, quien ustedes quieran, y no piensen en lo que fueron ni en lo que han sido sino en lo que actualmente son, y una vez hecho ese ejercicio díganme si alguno de ellos es, a día de hoy, mejor que Rudy Fernández a día de hoy.
Rudy se va a la NBA siendo (otra atrevida opinión personal, me temo) lo más drazenesco desde drazen, lo más parecido a Petrovic que ha producido este continente desde que el mito de Sibenik nos dejó para siempre. Y no me refiero tanto al juego propiamente dicho (posiblemente tan poblado de semejanzas como de diferencias) como a su actitud en cancha o, aún mejor, a las actitudes que provoca sobre una cancha. A las reacciones que genera en los rivales, en los públicos contrarios. A Rudy se le ama o se le odia según se sea amigo o enemigo, hasta un mismo público puede amarle u odiarle en el breve lapso de tiempo de unos pocos meses, según sirva a su club o a su selección. Se le ama o se le odia pero se le admira, por propios o por extraños, siempre.
Rudy se va a la NBA y se va a la lluviosa Oregon, a Portland, a la ciudad que admiró a aquellos Porter-Drexler-Kersey-Williams-Duckworth, a la ciudad que aborreció a los Jail Blazers, a la misma ciudad que ya albergó en su seno a tantos grandes mitos de nuestro deporte en nuestro continente, Fernando Martín, el propio Drazen Petrovic, Arvydas Sabonis, Sasha Djordjevic. A unos les fue mejor y a otros peor, pero para todos ellos ésta fue su verdadera puerta de América.
Rudy se va a la NBA, a vivir en la misma ciudad en la que aún hoy vive su buen amigo Sergio Rodríguez. Y yo no he podido evitar recordar aquella entrevista conjunta que les hizo la revista Gigantes hará ya, qué sé yo, pongamos tres años, cuando empezaban a ser las joyas de la corona de nuestro deporte, cuando ambos aún no eran campeones del mundo ni soñaban con serlo, cuando los cantos de sirena de la NBA eran aún poco menos que una quimera. Pero la quimera estaba ahí, y ya todo el mundo les hablaba de ella, y en esta entrevista les preguntaban cómo se imaginaban su llegada a aquella liga, cuál era su fantasía preferida, y creo que nunca olvidaré cuál fue, en medio del cachondeo mutuo que ambos se tenían, la genial respuesta de Sergio: tirarle un caño a Rudy en el partido de rookies contra sophomores (y siendo Sergio más joven, se sobreentendía que él se veía a sí mismo con los rookies, y a Rudy con los sophomores...). Una fantasía que ya nunca podrá hacerse realidad, por muchas y variadas razones: porque Sergio llegó dos años antes que Rudy, por lo que jamás podrían haber coincidido; porque Sergio jamás pudo jugar ni con los rookies ni con los sophomores, ni casi con su propio equipo; y porque Sergio y Rudy, si el mercado no lo remedia, no serán rivales sino compañeros: el caño, en su caso, se lo tendrá que hacer en los entrenamientos.
Rudy se va a la NBA, a un equipo cuyo propietario, de nombre Paul Allen, ostenta el sexto puesto de la clasificación mundial de fortunas que establece la revista Forbes, y hasta hubo un tiempo que ocupó no el sexto sino el tercer lugar según esa misma publicación. Un tipo que allá por su adolescencia tuvo la sin par ocurrencia de juntarse con un amiguete para montar entre ambos una pequeña empresa, a la que bautizaron con el bello nombre de Microsoft. Hoy el susodicho amigo, Guille Puertas (o sea Bill Gates, aclaro por si alguien aún no había caído), sigue al frente de tan socorrido negocio mientras que Allen, que al parecer ya no está en Microsoft ni puñetera falta que le hace, se dedica básicamente a hacer lo que le dé la gana: por ejemplo, tomar un avión (probablemente de su propiedad, aunque no me consta) un viernes en Portland, aterrizar un sábado en El Prat, de allí marcharse a Badalona a presenciar in situ un Joventut-Estudiantes, esponjarse de gusto al ver a su futuro chico marcarse un partidazo metiendo treinta puntos uno detrás de otro y finalmente volverse más ancho que pancho por donde había venido. Será por dinero...
Rudy se va a la NBA, y ya los del gremio de agoreros se han ocupado concienzudamente de explicarnos de pe a pa toda la sucesión de catástrofes que se le vendrá encima en cuanto aterrice en Oregon: que si no tendrá minutos, que si se tirará todo el año chupando banquillo, que si le espera la misma suerte (desgracia, más bien) que a Sergio, que si McMillan no confiará en él porque no le conoce, que si se convertirá en el eterno suplente de Brandon Roy, que si... Pues vale, pero a mí no todo me vale; no me vale por ejemplo esa eterna comparación Sergio-Rudy tan traída por los pelos: cuando Sergio se fue no era nadie (entiéndaseme el término nadie: era nuestra debilidad, nuestro sueño, el base que nos tenía enamorados con toda clase de filigranas y arabescos, con sus ocurrencias inconcebibles; pero aún le faltaba mucho más de lo que tenía, aún estaba mucho menos hecho que a medio hacer, aún apenas sabía lo que era defender, aún no conocía la cara oculta de este juego); Rudy en cambio se va siendo (insisto en ello) el mejor de Europa en su posición, tal vez el mejor de Europa en cualquier posición: curtido en mil batallas, con (él sí) una defensa irreprochable, con unos cuantos títulos en su zurrón. Hagan ustedes pues, por equipo y por nacionalidad, todas las comparaciones que les apetezcan; pero no sin antes reconocer conmigo que en este caso son muchas menos las semejanzas que las diferencias.
Rudy se va a la NBA, y sí que parece evidente que de entrada se encontrará con un obstáculo llamado Brandon Roy. Y competir con Roy no es competir con un cualquiera sino hacerlo con un crack, con una estrella emergente (si bien cada vez más emergida) de aquella Liga, con un tipo que en 2007 ya fue rookie del año y en 2008 mejoró sensiblemente sus prestaciones. Pero el hecho de jugar en el mismo puesto no tendría por qué hacerles necesariamente incompatibles, aún menos si tenemos en cuenta que el ex de la Universidad de Washington puede desempeñar el papel de base a las mil maravillas. Y sí, es bien sabido que a McMillan no le gusta ponerle en ese puesto pero no es menos cierto que a veces la necesidad obliga: si no tienes ningún uno decente (es decir, ningún director de juego que responda a su nivel de exigencia, ningún base a su imagen y semejanza), y en cambio tienes dos doses extraordinarios de los cuales uno de ellos puede ejercer también de base mucho más que decentemente, lo sensato parece hacer de la necesidad virtud. Sí, podemos ponernos en lo peor pero yo más bien prefiero pensar que al final las cosas acabarán cayendo por su propio peso.
Sí, Rudy se va a la NBA y es usted muy dueño de avisarnos que se estrellará, del mismo modo que ya en su momento se nos informó de que Gasol o Calderón igualmente se estrellarían. Yo no, yo opino exactamente lo contrario, yo supongo que con el tiempo, con el paso de los años tal vez deberé comerme con patatas mis propias palabras, aquellas que voy a decir a continuación: yo me tiro al vacío y además sin red, yo apuesto firmemente que Rudy un día será all star en la NBA. Sí, no me ponga esa cara, no se me asuste; no me refiero al partido de rookies contra sophomores ni al concurso de triples ni al de mates ni al desafío de habilidades siquiera, me refiero al verdadero all star game, al auténtico partido de las estrellas. No, no será el próximo año ni el siguiente, quizás tampoco el otro ni el de después. Tal vez habrán de pasar seis años, ocho, diez incluso, pero yo estoy convencido de que sucederá; de que todas sus inmensas facultades, su calidad, su actitud, su intensidad, su carácter competitivo, su instinto depredador, todo ello le acabará abriendo las puertas de la gloria. Por extraño que a día de hoy aún nos pueda parecer.
Hay jugadores que entran en NBA con la única idea de sobrevivir. Otros llegan con la idea de vivir, de vivir más o menos bien, o muy bien incluso. Y luego están los que llegan para triunfar. Rudy sólo entiende esta categoría, Rudy Fernández llega a Portland del mismo modo que sale de Badalona y que salió en su día de Mallorca, con el triunfo entre ceja y ceja, con la determinación del campeón, con la obstinación del que sabe lo que quiere, del que sabe aún mejor qué es lo que necesita para conseguirlo. El mundo es suyo, la NBA es suya. Al tiempo.
Rudy se a va a la NBA dejándonos un montón de postales para el recuerdo, algunas de las escenas más bellas, de las canastas más irrepetibles que hayamos conocido por estos pagos durante toda nuestra existencia. Mates inverosímiles, alley oops imposibles, arabescos insospechados, zancadas desmesuradas, penetraciones en perfecto estado de levitación, triples desequilibrados tal vez cayendo, de medio lado, de través, al bies, hasta vuelto del revés. Rudy nos deja una sensación como la de aquellos carteles que a veces nos encontrábamos en las fotocopiadoras, las cosas difíciles las hacemos al momento, las imposibles tardamos un poco más.
Rudy se va a la NBA convertido (es opinión unánime) en el mejor dos de Europa. Y convertido también (es sólo mi opinión) en el mejor jugador de Europa (es decir, de entre los que juegan en Europa): no sólo en su puesto; en cualquier puesto. Hagan un repaso, piensen en cualquier jugador a cualquier nivel, evoquen a Papaloukas, Diamantidis, Siskauskas, Vujcic, Pekovic, si quieren también a Marc, Felipe, Planinic, Ilyasova, Lakovic, quien ustedes quieran, y no piensen en lo que fueron ni en lo que han sido sino en lo que actualmente son, y una vez hecho ese ejercicio díganme si alguno de ellos es, a día de hoy, mejor que Rudy Fernández a día de hoy.
Rudy se va a la NBA siendo (otra atrevida opinión personal, me temo) lo más drazenesco desde drazen, lo más parecido a Petrovic que ha producido este continente desde que el mito de Sibenik nos dejó para siempre. Y no me refiero tanto al juego propiamente dicho (posiblemente tan poblado de semejanzas como de diferencias) como a su actitud en cancha o, aún mejor, a las actitudes que provoca sobre una cancha. A las reacciones que genera en los rivales, en los públicos contrarios. A Rudy se le ama o se le odia según se sea amigo o enemigo, hasta un mismo público puede amarle u odiarle en el breve lapso de tiempo de unos pocos meses, según sirva a su club o a su selección. Se le ama o se le odia pero se le admira, por propios o por extraños, siempre.
Rudy se va a la NBA y se va a la lluviosa Oregon, a Portland, a la ciudad que admiró a aquellos Porter-Drexler-Kersey-Williams-Duckworth, a la ciudad que aborreció a los Jail Blazers, a la misma ciudad que ya albergó en su seno a tantos grandes mitos de nuestro deporte en nuestro continente, Fernando Martín, el propio Drazen Petrovic, Arvydas Sabonis, Sasha Djordjevic. A unos les fue mejor y a otros peor, pero para todos ellos ésta fue su verdadera puerta de América.
Rudy se va a la NBA, a vivir en la misma ciudad en la que aún hoy vive su buen amigo Sergio Rodríguez. Y yo no he podido evitar recordar aquella entrevista conjunta que les hizo la revista Gigantes hará ya, qué sé yo, pongamos tres años, cuando empezaban a ser las joyas de la corona de nuestro deporte, cuando ambos aún no eran campeones del mundo ni soñaban con serlo, cuando los cantos de sirena de la NBA eran aún poco menos que una quimera. Pero la quimera estaba ahí, y ya todo el mundo les hablaba de ella, y en esta entrevista les preguntaban cómo se imaginaban su llegada a aquella liga, cuál era su fantasía preferida, y creo que nunca olvidaré cuál fue, en medio del cachondeo mutuo que ambos se tenían, la genial respuesta de Sergio: tirarle un caño a Rudy en el partido de rookies contra sophomores (y siendo Sergio más joven, se sobreentendía que él se veía a sí mismo con los rookies, y a Rudy con los sophomores...). Una fantasía que ya nunca podrá hacerse realidad, por muchas y variadas razones: porque Sergio llegó dos años antes que Rudy, por lo que jamás podrían haber coincidido; porque Sergio jamás pudo jugar ni con los rookies ni con los sophomores, ni casi con su propio equipo; y porque Sergio y Rudy, si el mercado no lo remedia, no serán rivales sino compañeros: el caño, en su caso, se lo tendrá que hacer en los entrenamientos.
Rudy se va a la NBA, a un equipo cuyo propietario, de nombre Paul Allen, ostenta el sexto puesto de la clasificación mundial de fortunas que establece la revista Forbes, y hasta hubo un tiempo que ocupó no el sexto sino el tercer lugar según esa misma publicación. Un tipo que allá por su adolescencia tuvo la sin par ocurrencia de juntarse con un amiguete para montar entre ambos una pequeña empresa, a la que bautizaron con el bello nombre de Microsoft. Hoy el susodicho amigo, Guille Puertas (o sea Bill Gates, aclaro por si alguien aún no había caído), sigue al frente de tan socorrido negocio mientras que Allen, que al parecer ya no está en Microsoft ni puñetera falta que le hace, se dedica básicamente a hacer lo que le dé la gana: por ejemplo, tomar un avión (probablemente de su propiedad, aunque no me consta) un viernes en Portland, aterrizar un sábado en El Prat, de allí marcharse a Badalona a presenciar in situ un Joventut-Estudiantes, esponjarse de gusto al ver a su futuro chico marcarse un partidazo metiendo treinta puntos uno detrás de otro y finalmente volverse más ancho que pancho por donde había venido. Será por dinero...
Rudy se va a la NBA, y ya los del gremio de agoreros se han ocupado concienzudamente de explicarnos de pe a pa toda la sucesión de catástrofes que se le vendrá encima en cuanto aterrice en Oregon: que si no tendrá minutos, que si se tirará todo el año chupando banquillo, que si le espera la misma suerte (desgracia, más bien) que a Sergio, que si McMillan no confiará en él porque no le conoce, que si se convertirá en el eterno suplente de Brandon Roy, que si... Pues vale, pero a mí no todo me vale; no me vale por ejemplo esa eterna comparación Sergio-Rudy tan traída por los pelos: cuando Sergio se fue no era nadie (entiéndaseme el término nadie: era nuestra debilidad, nuestro sueño, el base que nos tenía enamorados con toda clase de filigranas y arabescos, con sus ocurrencias inconcebibles; pero aún le faltaba mucho más de lo que tenía, aún estaba mucho menos hecho que a medio hacer, aún apenas sabía lo que era defender, aún no conocía la cara oculta de este juego); Rudy en cambio se va siendo (insisto en ello) el mejor de Europa en su posición, tal vez el mejor de Europa en cualquier posición: curtido en mil batallas, con (él sí) una defensa irreprochable, con unos cuantos títulos en su zurrón. Hagan ustedes pues, por equipo y por nacionalidad, todas las comparaciones que les apetezcan; pero no sin antes reconocer conmigo que en este caso son muchas menos las semejanzas que las diferencias.
Rudy se va a la NBA, y sí que parece evidente que de entrada se encontrará con un obstáculo llamado Brandon Roy. Y competir con Roy no es competir con un cualquiera sino hacerlo con un crack, con una estrella emergente (si bien cada vez más emergida) de aquella Liga, con un tipo que en 2007 ya fue rookie del año y en 2008 mejoró sensiblemente sus prestaciones. Pero el hecho de jugar en el mismo puesto no tendría por qué hacerles necesariamente incompatibles, aún menos si tenemos en cuenta que el ex de la Universidad de Washington puede desempeñar el papel de base a las mil maravillas. Y sí, es bien sabido que a McMillan no le gusta ponerle en ese puesto pero no es menos cierto que a veces la necesidad obliga: si no tienes ningún uno decente (es decir, ningún director de juego que responda a su nivel de exigencia, ningún base a su imagen y semejanza), y en cambio tienes dos doses extraordinarios de los cuales uno de ellos puede ejercer también de base mucho más que decentemente, lo sensato parece hacer de la necesidad virtud. Sí, podemos ponernos en lo peor pero yo más bien prefiero pensar que al final las cosas acabarán cayendo por su propio peso.
Sí, Rudy se va a la NBA y es usted muy dueño de avisarnos que se estrellará, del mismo modo que ya en su momento se nos informó de que Gasol o Calderón igualmente se estrellarían. Yo no, yo opino exactamente lo contrario, yo supongo que con el tiempo, con el paso de los años tal vez deberé comerme con patatas mis propias palabras, aquellas que voy a decir a continuación: yo me tiro al vacío y además sin red, yo apuesto firmemente que Rudy un día será all star en la NBA. Sí, no me ponga esa cara, no se me asuste; no me refiero al partido de rookies contra sophomores ni al concurso de triples ni al de mates ni al desafío de habilidades siquiera, me refiero al verdadero all star game, al auténtico partido de las estrellas. No, no será el próximo año ni el siguiente, quizás tampoco el otro ni el de después. Tal vez habrán de pasar seis años, ocho, diez incluso, pero yo estoy convencido de que sucederá; de que todas sus inmensas facultades, su calidad, su actitud, su intensidad, su carácter competitivo, su instinto depredador, todo ello le acabará abriendo las puertas de la gloria. Por extraño que a día de hoy aún nos pueda parecer.
Hay jugadores que entran en NBA con la única idea de sobrevivir. Otros llegan con la idea de vivir, de vivir más o menos bien, o muy bien incluso. Y luego están los que llegan para triunfar. Rudy sólo entiende esta categoría, Rudy Fernández llega a Portland del mismo modo que sale de Badalona y que salió en su día de Mallorca, con el triunfo entre ceja y ceja, con la determinación del campeón, con la obstinación del que sabe lo que quiere, del que sabe aún mejor qué es lo que necesita para conseguirlo. El mundo es suyo, la NBA es suya. Al tiempo.
miércoles, 4 de junio de 2008
aproximación quinielística a la Final NBA
Faltan apenas unas horas para que empiece el chou, para que nuestras mentes vuelen inexorablemente hacia aquellos felices ochenta para luego volver de nuevo a la realidad, para descubrir que Dennis Johnson (DEP), Ainge, Bird, McHale o Parish ahora se llaman Rondo, Allen, Pierce, Garnett o Perkins, para que donde un día pusimos Magic, Scott, Worthy, Green (o Rambis) y Jabbar ahora pongamos Fisher, Bryant, Radmanovic, Odom, Gasol, sí, Gasol. Faltan apenas unas horas para que nos preguntemos si cualquier tiempo pasado fue mejor, para que confirmemos que cualquier tiempo pasado sólo fue anterior.
Probablemente hay muchas maneras de aproximarse a una final así, pero permítanme que yo intente una no demasiado original, a imagen y semejanza (o sea, a vulgar imitación) de aquella que puso de moda algún periódico deportivo, consistente en comparar jugador por jugador, posición por posición, haciendo una a modo de quiniela para así ver cuántos puestos o aspectos son más favorables al uno o al otro... Es decir, algo que no sirve absolutamente para nada, que no tiene ningún valor de predicción ni podría tenerlo pero que al menos nos permitirá pasar el rato (o intentarlo).
Vamos allá, pues: comparemos jugadores, comparemos otros factores internos y externos, asignemos el 1 a Boston (por aquello de la ventaja de campo), la X al empate (lógicamente) y el 2 a Los Ángeles, y veamos qué sale:
Rondo – Fisher = 2. Sí, Rondo tiene sus cualidades, qué duda cabe: buena defensa, agresividad, intensidad, velocidad... pero también tiene sus defectos, el peor una inmadurez (que se le curará con el tiempo) que a menudo le fuerza a tomar decisiones erróneas, pasar cuando hay que cortar, tirar cuando hay que pasar y demás. Todo lo contrario al Reflexivo Fisher, todo experiencia (en ganar anillos, incluso) y todo sensatez dentro y hasta fuera de la pista. Nunca dará el pase definitivo pero siempre proporcionará un incomparable equilibrio al juego de su equipo, y cuando hagan falta triples allí estará él con su muñeca preparada. Se me dirá que ha bajado, que ya no está como al comienzo de los playoffs pero dará igual porque a la larga su poso en cancha desbordará al inexperto Rondo. Tal vez en sentido estricto sería un X-2, pero como no jugamos dobles, pues lo dejaremos en dos fijo.
Allen – Bryant = 2. Posiblemente el signo más fácil de toda la quiniela. El bueno de Ray anda intentando salir de la crisis, hacer que parezca cierto lo que tantas veces ha repetido, que sus dramáticos problemas familiares no se reflejan ni tienen por qué reflejarse en cancha, que lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Anda intentándolo y parece que lo va consiguiendo, que hasta parece que vuelven a entrarle los tiros que siempre le entraron. Pero aún en su mejor versión Ray no es Kobe. Allen puede ser muy bueno, Bryant es sin ningún género de dudas el mejor. Y ante eso no hay discusión posible.
Pierce – Radmanovic = 1. Phil Jackson tiene una de esas cualidades que definen no a los buenos entrenadores sino a aquellos que son absolutamente grandes: es capaz de sacar petróleo de las piedras, es capaz de sacar rendimiento de jugadores que jamás rindieron antes de llegar a él y que probablemente jamás rendirán sin él (y sí, estoy pensando también en Aíto al escribir esto). Y el ejemplo perfecto podría ser ése a quien el propio Jackson llama Mi Marciano Favorito, Vlade Radmanovic: ya nada parece quedar de aquel ser abúlico, así en su club como en su selección, que deambulaba con cara de sueño sobre la pista y cuyo único objetivo en la vida parecía ser tirarse triples a cual peor, a cual más absurdo. Estos días Radmanovic es otro jugador, está rindiendo a las mil maravillas con Jackson... pero eso no le pone, ni de lejos, al nivel de un inmenso Paul Pierce sin cuyo concurso (sin su ataque, sin su inmensa defensa sobre LeBron en aquella semifinal) los Celtics no habrían llegado jamás hasta aquí.
Garnett – Odom = 1. Y mira que el bueno de Lamar está que se sale, que su talento innato sumado a su energía contagiosa le convierten en un jugador absolutamente imprescindible en estos Lakers. Ahora bien, Garnett es mucho Garnett. Garnett ha estado media vida llevándose una pasta gansa de los Wolves a cambio de nada, es decir, a cambio de jugar muy bien al baloncesto pero sin oler ni de lejos la final, no digamos ya el anillo. Él llegó a Boston para cambiar la historia (la suya, y la historia reciente de su franquicia) y es consciente de que está ante su gran oportunidad, de que dada su edad ya no habrá muchas más. Así que jugará cada segundo de cada minuto de cada partido como si fuera el último, con el anillo entre ceja y ceja y con la obsesión de dar con él en las narices a todos aquellos que tantas veces le acusaron de arrugarse precisamente en estas situaciones...
Perkins – Gasol = 2. Y evidentemente no se trata de chauvinismo sino de pura realidad, y no sólo por Pau, aún más por Perkins. Kendrick pierde ante el de Sant Boi pero igual perdería ante casi cualquier pívot de la Liga, porque aún sigue siendo, con diferencia, la pieza más débil de todo el engranaje céltico. Y va mejorando, eso no lo niega nadie, va haciendo más y mejores cosas y algún día será un cénter si no bueno sí al menos decente en aquella Liga. Pero aún tiene demasiadas lagunas a día de hoy, aún su aptitud y su actitud se sitúan a años luz de todas las cualidades que Gasol atesora.
Banquillos = X. No me parece que ninguno de los dos equipos esté para tirar cohetes en este aspecto (aunque tampoco estarán tan mal, si con ellos han podido llegar hasta aquí). A mí particularmente me gusta más el de Lakers, basado en Vujacic (que oficia casi de sexto hombre), Farmar (base errático casi siempre, pero que ha subido claramente sus prestaciones contra los Spurs), Walton (irregular, pero a muy buen nivel) y Turiaf (tan propenso a los arrebatos como a las cagadas, tan capaz de lo mejor como de lo peor, de ponerte el tapón del siglo y luego estropearlo con algún tiro exterior fuera de tiempo y de lugar). Lo dicho, me gusta más que el de los Celtics pero éste tiene algo de lo que los angelinos carecen: experiencia. Por arrobas. La que les da el trío Cassell-Posey-Brown (House, Powe y el Big Baby Davis ya estarían en un tercer plano, con presencia infinitamente menor); Cassell ya está para sopitas y buen vino (que diría mi madre) pero aún conserva la muñeca, aún te la puede liar en un momento de desesperación. P.J. Brown tres cuartos de lo mismo, a la vejez viruelas, aún se pega con cualquiera y aún tiene muy buena mano a cuatro metros del aro. Y cómo no, el poseído Posey, sexto hombre que a veces, en los momentos decisivos, llega a ser quinto y hasta cuarto, especialista defensivo pero con un tiro exterior que acaba haciéndole imprescindible también en ataque.
Entrenadores = 2. Me cae bien Doc Rivers. Me cae bien desde sus años de base bueno e intenso en Atlanta, desde aquel partido ya en los Knicks, ya en sus últimos años de carrera, en el que le vi dejarse los dientes (literalmente) sobre el parquet. Y me gusta como entrenador, me gustó ya en Orlando y me ha seguido gustando en Boston, cuando no tenía equipo y ahora que ya sí lo tiene. Es un gran técnico y va a ser aún mejor... pero no es Phil Jackson. Yo me pongo de pie (en sentido figurado, que no me sería fácil teclear en posición erecta) al escribir sobre Jackson, sobre sus nueve anillos, sus diez finales, su maestría psicológica, su habilidad para manejar personalidades de toda clase y condición así se trate de egos desmesurados, macarras indomables, apocados innatos o chulos de barrio, sobre su forma de dirigir un grupo humano, su actitud ante cualquier problema, incluso su manera de entender la vida. Sí, Doc Rivers es un buen entrenador, pero Phil Jackson... Phil Jackson son palabras mayores.
Defensa = 1. Lo mejor que se puede decir de la defensa de los Lakers es que ésta ha ido mejorando según avanzaban los playoffs (a la fuerza ahorcan): contra Denver fue muy floja, pero como la de los Nuggets era infame ni siquiera se notó; contra Utah empezó floja pero poco a poco se fueron poniendo las pilas según fueron notando que contra éstos ya no les servía; y ante los Spurs han acabado defendiendo realmente bien, baste decir que hasta Gasol en el quinto partido acabó apretando a un Duncan que hasta pocos minutos antes se las había hecho pasar canutas (y demás palabras acabadas en utas). Han ido de menos a más y ahora hasta podría decirse que defienden casi bien, pero no es algo que esté en su naturaleza. En la de los Celtics sí. Los Celtics son defensores de suyo, de natural, la defensa es el elemento esencial de su juego y así lo han demostrado durante los playoffs, a lo largo de los cuales han interpretado unas cuantas sinfonías defensivas... en casa. Porque (y debería serles motivo de preocupación) no tiene nada que ver cómo aprietan en el Comosellame Garden a cómo flojean cuando el parquet les resulta mucho menos familiar.
Ataque = 2. Llámese triángulo ofensivo, llámese Kobesistema, llámese como se llame los Lakers atacan que da gloria verlos, con un baloncesto alegre, festivo, dinámico, de energía superlativa, de intensa fluidez y perfecta distribución, de buenos pasadores (casi todos) y aún mejores anotadores. Y con una cualidad añadida, que es que siempre parecen tener una marcha más que los demás: van en tercera, cuarta o quinta y más o menos les vale, pero si un día el rival les saca veinte puntos de repente meten la sexta y entonces son un vendaval. No, no es el showtime (manido concepto) pero es quizá lo más parecido que en Los Ángeles han visto al showtime desde que murió el showtime. Y se me dirá que los Lakers de Shaq eran mejores y probablemente sea cierto, pero éstos son más gráciles. Los Lakers del 2000 tal vez jugaban mejor pero éstos juegan más bonito, más plástico (y no necesariamente peor). Todo lo contrario a unos Celtics en los que casi nada parece fluido sino espeso, artificioso, ortopédico, y que bien pueden decir que hasta ahora han vivido casi al cien por cien de sus portentosas individualidades mucho más que del juego colectivo.
Presión ambiental = 1. El hecho de que los Celtics tendrán cuatro posibles partidos en casa mientras que los Lakers tendrán tres sería ya razón más que suficiente para ponerles el uno en la quiniela. Pero es que además no hay comparación posible entre esos presuntos espectadores del Staples (que, en lo que a las primeras filas respecta, no parecen ir a ver sino a ser vistos) y el público sediento de sangre (permítaseme la metáfora) del Loquesea Garden, en la más rancia tradición del Boston Garden de toda la vida de dios. Evidentemente el Staples también apretará, y mucho, y meterá presión y todo lo que se quiera, pero cualquier parecido con lo que se vivirá en el Garden será pura coincidencia.
Experiencia = 2. Sí, los Lakers, aunque parezca mentira, tienen más experiencia. Parece mentira porque el Big Three de Boston suma más años de vida y más presencias en playoffs que el de Los Ángeles, ahora bien ¿cuántas finales han jugado, no digo ya ganado sino simplemente jugado, Garnett, Allen o Pierce? Cero patatero y pelotero. De hecho sus únicas experiencias al más alto nivel les llegan desde el banquillo, sobre todo de aquel Cassellito allá por sus años mozos en Houston. Enfrente sólo Kobe ya suma tres anillos y cuatro finales, y Derek Fisher no debe andarle muy a la zaga. Y es que por mucha vida que lleves jugando playoffs esto ya es otra cosa, esto es una final, con unos niveles de exigencia que nada tienen que ver con todo lo demás: por muy veteranos que sean, Kevin, Paul o Ray corren cierto riesgo de pagar la novatada.
Frescura física = 2. Matemática pura: los Lakers llegan a la final habiendo jugado quince partidos (de playoffs, me refiero), con un balance de doce victorias y tres derrotas. Los Celtics en cambio llevan en sus piernas nada menos que veinte, es decir cinco más, concretamente cinco derrotas más ya que su número de victorias (lógicamente) es el mismo, doce. Y hablo de número de partidos, no me meteré en cuántos finales apretados ni en cuánto desgaste psicológico habrán tenido que padecer unos y otros, porque eso no haría más que agrandar las diferencias. Llevan los Celtics mes y medio jugando un partido cada dos días, y cuando digo partido digo partido, no me refiero a esos apacibles bolos a los que tan acostumbrados estamos en temporada regular sino a partidos de playoffs con todas las de la ley. Y se me dirá que ahora no, que al menos acabaron con Detroit en seis y no en siete, que al menos de una final a otra habrán tenido seis días de descanso (uno menos que Lakers, en cualquier caso), que eso iguala las cosas... Las iguala algo, sí: puede que durante el primer partido las fuerzas estén más o menos parejas, pero según vaya avanzando la serie las piernas verdes acabarán pesando mucho más que las piernas amarillas. Al tiempo.
Necesidades históricas = 1. Si no me fallan las cuentas los Celtics llevan veintidós años sin ganar el anillo, y hasta llevaban veintiuno sin disputar una sola final. Durante ese periodo, durante esas interminables veintidós primaveras verdes los Lakers, salvo error u omisión, habrán disputado algo así como ocho finales, habiendo ganado cinco de ellas. Es decir que la urgencia histórica está claro de qué lado está, que los Celtics casi vendrían a ser (salvando las distancias) como aquel Madrid futbolero de las seis Copas de Europa que sólo necesitó 32 años para ganar la séptima. Y habrá quien piense que tanta urgencia puede resultar incluso contraproducente, pero yo no lo veo así: llegados a este punto la presión es igual para todos, la urgencia sólo te aporta un pequeño plus de motivación. Motivación colectiva y hasta motivaciones individuales: Kobe tiene cuatro anillos, Gasol y Odom saben que ésta no será su última oportunidad (sobre todo en el caso de Pau); sin embargo a Garnett, Pierce y Allen se les está acabando el tiempo.
Estrellas = 2. A ver cómo lo explico: estrellas evidentemente tienen ambos y, puestos a comparar, las de los Celtics parecen tener más galones que las de los Lakers. Tomados en conjunto, el trío Garnett-Allen-Pierce parece pesar más que el trío Bryant-Odom-Gasol, ya que el primero sería un Big Three y el segundo más bien un Big One, con un megacrack como Kobe escoltado por dos buenísimos jugadores (pero cuyo cartel de estrellas, con o sin mega, ya sería más discutible) como Lamar y Pau. Hasta aquí la teoría, porque en la práctica las cosas no son así: el trío de los Lakers podrá pesar menos que el trío céltico, pero la individualidad Kobe pesa infinitamente más (en términos baloncestísticos) que cualquier individualidad céltica. Su omnipresencia en el juego, sus canastas imposibles para cualquier mortal, su jordanesca capacidad de decidir cuando nadie más decide, de manejar los partidos a su antojo... Garnett, Pierce, tantos otros, son extraordinarios jugadores terrenales, nada más y nada menos que eso. Kobe no; Kobe es de otra galaxia.
Y hasta aquí la tontería. Ahora, llegados a este punto, hagamos recuento: tenemos un total de catorce (como no podía ser de otra manera, tratándose de una presunta quiniela) signos definitivos, con cinco unos, una equis y ocho doses. ¿Conclusión? Pues ninguna, por definición (porque no puede extraerse conclusión alguna de semejante método), y porque nada de lo expuesto está basado en datos objetivos sino más bien en apreciaciones personales mías. Apreciaciones personales que, por cierto, parecen decantarse por los Lakers...
Lo que no difiere mucho, más bien nada, de lo que pienso en realidad. Porque si me dejo de zarandajas quinielísticas y simplemente me paro a pensarlo, la verdad es que me cuesta imaginarme otra cosa que no sea ver a los Lakers levantando el trofeo y poniéndose sus anillitos de campeón. Quizá sea por todo lo escrito antes, o quizá sea sencillamente porque me cuesta mucho imaginarme perdiendo a cualquier equipo del que formen parte dos señores llamados Kobe y Phil, aún a pesar de que en alguna lejana ocasión les haya visto perder...
¿Mala noticia para los Celtics? Que va, todo lo contrario, los aficionados célticos deberían estar ahora mismo como unas castañuelas: dada mi contumaz ignorancia y mi probada inutilidad apostadora, el que yo dé ganador a los Lakers debería llenarles de ilusión, de alegría, de esperanza...
Probablemente hay muchas maneras de aproximarse a una final así, pero permítanme que yo intente una no demasiado original, a imagen y semejanza (o sea, a vulgar imitación) de aquella que puso de moda algún periódico deportivo, consistente en comparar jugador por jugador, posición por posición, haciendo una a modo de quiniela para así ver cuántos puestos o aspectos son más favorables al uno o al otro... Es decir, algo que no sirve absolutamente para nada, que no tiene ningún valor de predicción ni podría tenerlo pero que al menos nos permitirá pasar el rato (o intentarlo).
Vamos allá, pues: comparemos jugadores, comparemos otros factores internos y externos, asignemos el 1 a Boston (por aquello de la ventaja de campo), la X al empate (lógicamente) y el 2 a Los Ángeles, y veamos qué sale:
Rondo – Fisher = 2. Sí, Rondo tiene sus cualidades, qué duda cabe: buena defensa, agresividad, intensidad, velocidad... pero también tiene sus defectos, el peor una inmadurez (que se le curará con el tiempo) que a menudo le fuerza a tomar decisiones erróneas, pasar cuando hay que cortar, tirar cuando hay que pasar y demás. Todo lo contrario al Reflexivo Fisher, todo experiencia (en ganar anillos, incluso) y todo sensatez dentro y hasta fuera de la pista. Nunca dará el pase definitivo pero siempre proporcionará un incomparable equilibrio al juego de su equipo, y cuando hagan falta triples allí estará él con su muñeca preparada. Se me dirá que ha bajado, que ya no está como al comienzo de los playoffs pero dará igual porque a la larga su poso en cancha desbordará al inexperto Rondo. Tal vez en sentido estricto sería un X-2, pero como no jugamos dobles, pues lo dejaremos en dos fijo.
Allen – Bryant = 2. Posiblemente el signo más fácil de toda la quiniela. El bueno de Ray anda intentando salir de la crisis, hacer que parezca cierto lo que tantas veces ha repetido, que sus dramáticos problemas familiares no se reflejan ni tienen por qué reflejarse en cancha, que lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Anda intentándolo y parece que lo va consiguiendo, que hasta parece que vuelven a entrarle los tiros que siempre le entraron. Pero aún en su mejor versión Ray no es Kobe. Allen puede ser muy bueno, Bryant es sin ningún género de dudas el mejor. Y ante eso no hay discusión posible.
Pierce – Radmanovic = 1. Phil Jackson tiene una de esas cualidades que definen no a los buenos entrenadores sino a aquellos que son absolutamente grandes: es capaz de sacar petróleo de las piedras, es capaz de sacar rendimiento de jugadores que jamás rindieron antes de llegar a él y que probablemente jamás rendirán sin él (y sí, estoy pensando también en Aíto al escribir esto). Y el ejemplo perfecto podría ser ése a quien el propio Jackson llama Mi Marciano Favorito, Vlade Radmanovic: ya nada parece quedar de aquel ser abúlico, así en su club como en su selección, que deambulaba con cara de sueño sobre la pista y cuyo único objetivo en la vida parecía ser tirarse triples a cual peor, a cual más absurdo. Estos días Radmanovic es otro jugador, está rindiendo a las mil maravillas con Jackson... pero eso no le pone, ni de lejos, al nivel de un inmenso Paul Pierce sin cuyo concurso (sin su ataque, sin su inmensa defensa sobre LeBron en aquella semifinal) los Celtics no habrían llegado jamás hasta aquí.
Garnett – Odom = 1. Y mira que el bueno de Lamar está que se sale, que su talento innato sumado a su energía contagiosa le convierten en un jugador absolutamente imprescindible en estos Lakers. Ahora bien, Garnett es mucho Garnett. Garnett ha estado media vida llevándose una pasta gansa de los Wolves a cambio de nada, es decir, a cambio de jugar muy bien al baloncesto pero sin oler ni de lejos la final, no digamos ya el anillo. Él llegó a Boston para cambiar la historia (la suya, y la historia reciente de su franquicia) y es consciente de que está ante su gran oportunidad, de que dada su edad ya no habrá muchas más. Así que jugará cada segundo de cada minuto de cada partido como si fuera el último, con el anillo entre ceja y ceja y con la obsesión de dar con él en las narices a todos aquellos que tantas veces le acusaron de arrugarse precisamente en estas situaciones...
Perkins – Gasol = 2. Y evidentemente no se trata de chauvinismo sino de pura realidad, y no sólo por Pau, aún más por Perkins. Kendrick pierde ante el de Sant Boi pero igual perdería ante casi cualquier pívot de la Liga, porque aún sigue siendo, con diferencia, la pieza más débil de todo el engranaje céltico. Y va mejorando, eso no lo niega nadie, va haciendo más y mejores cosas y algún día será un cénter si no bueno sí al menos decente en aquella Liga. Pero aún tiene demasiadas lagunas a día de hoy, aún su aptitud y su actitud se sitúan a años luz de todas las cualidades que Gasol atesora.
Banquillos = X. No me parece que ninguno de los dos equipos esté para tirar cohetes en este aspecto (aunque tampoco estarán tan mal, si con ellos han podido llegar hasta aquí). A mí particularmente me gusta más el de Lakers, basado en Vujacic (que oficia casi de sexto hombre), Farmar (base errático casi siempre, pero que ha subido claramente sus prestaciones contra los Spurs), Walton (irregular, pero a muy buen nivel) y Turiaf (tan propenso a los arrebatos como a las cagadas, tan capaz de lo mejor como de lo peor, de ponerte el tapón del siglo y luego estropearlo con algún tiro exterior fuera de tiempo y de lugar). Lo dicho, me gusta más que el de los Celtics pero éste tiene algo de lo que los angelinos carecen: experiencia. Por arrobas. La que les da el trío Cassell-Posey-Brown (House, Powe y el Big Baby Davis ya estarían en un tercer plano, con presencia infinitamente menor); Cassell ya está para sopitas y buen vino (que diría mi madre) pero aún conserva la muñeca, aún te la puede liar en un momento de desesperación. P.J. Brown tres cuartos de lo mismo, a la vejez viruelas, aún se pega con cualquiera y aún tiene muy buena mano a cuatro metros del aro. Y cómo no, el poseído Posey, sexto hombre que a veces, en los momentos decisivos, llega a ser quinto y hasta cuarto, especialista defensivo pero con un tiro exterior que acaba haciéndole imprescindible también en ataque.
Entrenadores = 2. Me cae bien Doc Rivers. Me cae bien desde sus años de base bueno e intenso en Atlanta, desde aquel partido ya en los Knicks, ya en sus últimos años de carrera, en el que le vi dejarse los dientes (literalmente) sobre el parquet. Y me gusta como entrenador, me gustó ya en Orlando y me ha seguido gustando en Boston, cuando no tenía equipo y ahora que ya sí lo tiene. Es un gran técnico y va a ser aún mejor... pero no es Phil Jackson. Yo me pongo de pie (en sentido figurado, que no me sería fácil teclear en posición erecta) al escribir sobre Jackson, sobre sus nueve anillos, sus diez finales, su maestría psicológica, su habilidad para manejar personalidades de toda clase y condición así se trate de egos desmesurados, macarras indomables, apocados innatos o chulos de barrio, sobre su forma de dirigir un grupo humano, su actitud ante cualquier problema, incluso su manera de entender la vida. Sí, Doc Rivers es un buen entrenador, pero Phil Jackson... Phil Jackson son palabras mayores.
Defensa = 1. Lo mejor que se puede decir de la defensa de los Lakers es que ésta ha ido mejorando según avanzaban los playoffs (a la fuerza ahorcan): contra Denver fue muy floja, pero como la de los Nuggets era infame ni siquiera se notó; contra Utah empezó floja pero poco a poco se fueron poniendo las pilas según fueron notando que contra éstos ya no les servía; y ante los Spurs han acabado defendiendo realmente bien, baste decir que hasta Gasol en el quinto partido acabó apretando a un Duncan que hasta pocos minutos antes se las había hecho pasar canutas (y demás palabras acabadas en utas). Han ido de menos a más y ahora hasta podría decirse que defienden casi bien, pero no es algo que esté en su naturaleza. En la de los Celtics sí. Los Celtics son defensores de suyo, de natural, la defensa es el elemento esencial de su juego y así lo han demostrado durante los playoffs, a lo largo de los cuales han interpretado unas cuantas sinfonías defensivas... en casa. Porque (y debería serles motivo de preocupación) no tiene nada que ver cómo aprietan en el Comosellame Garden a cómo flojean cuando el parquet les resulta mucho menos familiar.
Ataque = 2. Llámese triángulo ofensivo, llámese Kobesistema, llámese como se llame los Lakers atacan que da gloria verlos, con un baloncesto alegre, festivo, dinámico, de energía superlativa, de intensa fluidez y perfecta distribución, de buenos pasadores (casi todos) y aún mejores anotadores. Y con una cualidad añadida, que es que siempre parecen tener una marcha más que los demás: van en tercera, cuarta o quinta y más o menos les vale, pero si un día el rival les saca veinte puntos de repente meten la sexta y entonces son un vendaval. No, no es el showtime (manido concepto) pero es quizá lo más parecido que en Los Ángeles han visto al showtime desde que murió el showtime. Y se me dirá que los Lakers de Shaq eran mejores y probablemente sea cierto, pero éstos son más gráciles. Los Lakers del 2000 tal vez jugaban mejor pero éstos juegan más bonito, más plástico (y no necesariamente peor). Todo lo contrario a unos Celtics en los que casi nada parece fluido sino espeso, artificioso, ortopédico, y que bien pueden decir que hasta ahora han vivido casi al cien por cien de sus portentosas individualidades mucho más que del juego colectivo.
Presión ambiental = 1. El hecho de que los Celtics tendrán cuatro posibles partidos en casa mientras que los Lakers tendrán tres sería ya razón más que suficiente para ponerles el uno en la quiniela. Pero es que además no hay comparación posible entre esos presuntos espectadores del Staples (que, en lo que a las primeras filas respecta, no parecen ir a ver sino a ser vistos) y el público sediento de sangre (permítaseme la metáfora) del Loquesea Garden, en la más rancia tradición del Boston Garden de toda la vida de dios. Evidentemente el Staples también apretará, y mucho, y meterá presión y todo lo que se quiera, pero cualquier parecido con lo que se vivirá en el Garden será pura coincidencia.
Experiencia = 2. Sí, los Lakers, aunque parezca mentira, tienen más experiencia. Parece mentira porque el Big Three de Boston suma más años de vida y más presencias en playoffs que el de Los Ángeles, ahora bien ¿cuántas finales han jugado, no digo ya ganado sino simplemente jugado, Garnett, Allen o Pierce? Cero patatero y pelotero. De hecho sus únicas experiencias al más alto nivel les llegan desde el banquillo, sobre todo de aquel Cassellito allá por sus años mozos en Houston. Enfrente sólo Kobe ya suma tres anillos y cuatro finales, y Derek Fisher no debe andarle muy a la zaga. Y es que por mucha vida que lleves jugando playoffs esto ya es otra cosa, esto es una final, con unos niveles de exigencia que nada tienen que ver con todo lo demás: por muy veteranos que sean, Kevin, Paul o Ray corren cierto riesgo de pagar la novatada.
Frescura física = 2. Matemática pura: los Lakers llegan a la final habiendo jugado quince partidos (de playoffs, me refiero), con un balance de doce victorias y tres derrotas. Los Celtics en cambio llevan en sus piernas nada menos que veinte, es decir cinco más, concretamente cinco derrotas más ya que su número de victorias (lógicamente) es el mismo, doce. Y hablo de número de partidos, no me meteré en cuántos finales apretados ni en cuánto desgaste psicológico habrán tenido que padecer unos y otros, porque eso no haría más que agrandar las diferencias. Llevan los Celtics mes y medio jugando un partido cada dos días, y cuando digo partido digo partido, no me refiero a esos apacibles bolos a los que tan acostumbrados estamos en temporada regular sino a partidos de playoffs con todas las de la ley. Y se me dirá que ahora no, que al menos acabaron con Detroit en seis y no en siete, que al menos de una final a otra habrán tenido seis días de descanso (uno menos que Lakers, en cualquier caso), que eso iguala las cosas... Las iguala algo, sí: puede que durante el primer partido las fuerzas estén más o menos parejas, pero según vaya avanzando la serie las piernas verdes acabarán pesando mucho más que las piernas amarillas. Al tiempo.
Necesidades históricas = 1. Si no me fallan las cuentas los Celtics llevan veintidós años sin ganar el anillo, y hasta llevaban veintiuno sin disputar una sola final. Durante ese periodo, durante esas interminables veintidós primaveras verdes los Lakers, salvo error u omisión, habrán disputado algo así como ocho finales, habiendo ganado cinco de ellas. Es decir que la urgencia histórica está claro de qué lado está, que los Celtics casi vendrían a ser (salvando las distancias) como aquel Madrid futbolero de las seis Copas de Europa que sólo necesitó 32 años para ganar la séptima. Y habrá quien piense que tanta urgencia puede resultar incluso contraproducente, pero yo no lo veo así: llegados a este punto la presión es igual para todos, la urgencia sólo te aporta un pequeño plus de motivación. Motivación colectiva y hasta motivaciones individuales: Kobe tiene cuatro anillos, Gasol y Odom saben que ésta no será su última oportunidad (sobre todo en el caso de Pau); sin embargo a Garnett, Pierce y Allen se les está acabando el tiempo.
Estrellas = 2. A ver cómo lo explico: estrellas evidentemente tienen ambos y, puestos a comparar, las de los Celtics parecen tener más galones que las de los Lakers. Tomados en conjunto, el trío Garnett-Allen-Pierce parece pesar más que el trío Bryant-Odom-Gasol, ya que el primero sería un Big Three y el segundo más bien un Big One, con un megacrack como Kobe escoltado por dos buenísimos jugadores (pero cuyo cartel de estrellas, con o sin mega, ya sería más discutible) como Lamar y Pau. Hasta aquí la teoría, porque en la práctica las cosas no son así: el trío de los Lakers podrá pesar menos que el trío céltico, pero la individualidad Kobe pesa infinitamente más (en términos baloncestísticos) que cualquier individualidad céltica. Su omnipresencia en el juego, sus canastas imposibles para cualquier mortal, su jordanesca capacidad de decidir cuando nadie más decide, de manejar los partidos a su antojo... Garnett, Pierce, tantos otros, son extraordinarios jugadores terrenales, nada más y nada menos que eso. Kobe no; Kobe es de otra galaxia.
Y hasta aquí la tontería. Ahora, llegados a este punto, hagamos recuento: tenemos un total de catorce (como no podía ser de otra manera, tratándose de una presunta quiniela) signos definitivos, con cinco unos, una equis y ocho doses. ¿Conclusión? Pues ninguna, por definición (porque no puede extraerse conclusión alguna de semejante método), y porque nada de lo expuesto está basado en datos objetivos sino más bien en apreciaciones personales mías. Apreciaciones personales que, por cierto, parecen decantarse por los Lakers...
Lo que no difiere mucho, más bien nada, de lo que pienso en realidad. Porque si me dejo de zarandajas quinielísticas y simplemente me paro a pensarlo, la verdad es que me cuesta imaginarme otra cosa que no sea ver a los Lakers levantando el trofeo y poniéndose sus anillitos de campeón. Quizá sea por todo lo escrito antes, o quizá sea sencillamente porque me cuesta mucho imaginarme perdiendo a cualquier equipo del que formen parte dos señores llamados Kobe y Phil, aún a pesar de que en alguna lejana ocasión les haya visto perder...
¿Mala noticia para los Celtics? Que va, todo lo contrario, los aficionados célticos deberían estar ahora mismo como unas castañuelas: dada mi contumaz ignorancia y mi probada inutilidad apostadora, el que yo dé ganador a los Lakers debería llenarles de ilusión, de alegría, de esperanza...
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